FAJARDO EL DESCAFEINADO

Por Hugo Ramírez Arcos y Pedro Rojas Oliveros.

Octubre 06 El Tiempo C

El Quiz.

Al inicio de su gira de campaña electoral, Sergio Fajardo pasó por la Universidad del Rosario. En medio de la visita y de un pequeño encuentro con la comunidad universitaria, el candidato quiso rememorar sus tiempos como profesor y sorprendió a la Decana de la Facultad de Ciencia Política, quien fungía como moderadora, preguntándole por el resultado de una sencilla operación matemática: “¿7 x 6?”, le inquirió. Ante la duda, la presión y entre risas nerviosas, él respondió: “42”. Este chiste lo repetiría en distintos escenarios a lo largo del país, utilizando la matemática como un ejemplo de consensos inequívocos y que llevan siempre a los mismos resultados.

Unos meses después el trabajo de campaña continuó, esta vez en el Show de Suso.  Como parte del programa, Suso le propuso a Fajardo solucionar unos problemas de matemáticas. Con pizarra y marcador de por medio, el candidato Fassjardo aceptó el reto y se animó a contestar, previa cortesía del presentador quien se había referido a los títulos doctorales del matemático. Leen el enunciado. Hay algo de duda en el set y no es del presentador. Fajardo responde. Erra. Ante la imposibilidad de buscar en Google para corregir -que también tuvo la Decana-, una vez más entre risas, y esta vez hasta con corte comercial inesperado, una espectadora del Show pide la palabra y explica la solución. Fajardo, mostrándose casi humano, no roba el crédito y la felicita pidiendo un aplauso al respetable por soplarle.

El 24 de abril de 2010, Carolina Sanín escribía una columna sobre lo que en ese momento era el enfrentamiento electoral que sostenían Juan Manuel Santos y Antanas Mockus para ocupar el solio de Bolívar. La escritora advertía que de llegar a ocurrir un triunfo de Mockus lo celebraría por lo que podría significar (“Aplaudiré que la lógica se inserte en el discurso político, que un hijo de inmigrantes se convierta en el mandatario de un país envarado de criollismo, y que un grupo de personas inteligentes y ajenas a la maquinaria política llegue al poder”), pero advertía también el temor que la posibilidad que del hecho le representaba.

“¿Cómo explico, en un espacio tan reducido, ese temor? ¿Empiezo por hablar del didacticismo del candidato, que insiste en establecer una analogía entre un mandato presidencial y un curso académico, cuando todos los profesores sabemos que hay pocos espacios tan ademocráticos como el salón de clase? ¿O empiezo por recordar la limitación de las libertades individuales durante su alcaldía? ¿Expreso mis reservas con respecto a su ecuación entre cultura y buena conducta? […] No, mejor no empiezo por Mockus sino por sus electores. Porque lo que me produce las peores sensaciones ante el eventual gobierno del profesor no es la visualización de su mandato (con sus verdades impuestas, sus caprichosos decretos y su imperio de la culpa) sino el sentimiento que lo haría elegir. Intuyo (y quiero equivocarme) que el sustrato emocional que lleva a los colombianos a querer a Mockus no es diverso del que los llevó a querer a Uribe: ese complejo de inferioridad que, 200 años después de la Independencia, nos hace seguir eludiendo la responsabilidad de ser autónomos y conscientes; esa desconfianza en nosotros mismos que nos lleva a elegir a quien prometa mandarnos duramente antes que representarnos”.

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Un tintico antes de clase

Slavoj Zizek el pensador favorito de Facebook identifica como el rasgo contemporáneo por excelencia de nuestra vida en sociedad, aquella ilusión de que es posible obtener lo que se quiere sin sufrimiento. Para Zizek, la tendencia del mundo de hoy es la de “gozar todo, PERO privado de la sustancia que lo hace peligroso”, aún si aquel elemento considerado nocivo es la esencia misma del producto. Así, hoy día encontramos en el supermercado café descafeinado, cerveza sin alcohol, nicotina sin cigarrillos, Coca-Cola sin azúcar, hamburguesas vegetarianas, entre muchos otros. El objetivo es que “la misma cosa que causa el daño debe ya ser la medicina”.

¿Cómo se puede explicar el poder de seducción que políticos como Fajardo o Mockus ejercen sobre una significativa parte del electorado colombiano? ¿Se debe a su discurso sobre lo correcto, la legalidad y el cambio? ¿Qué tiene que ver el café descafeinado en todo esto?

Nuestra hipótesis es que la mediatización de candidatos como Sergio Fajardo se produce como consecuencia de un intento desesperado del electorado por obtener su dosis de placer sin pagar a cambio ningún costo. Gozar sin peligro.

Un discurso sobre el cambio, pero sin incomodar a nadie. Cambio de nombres, de caras, de apellidos. La camisa y el jean a cambio del traje y la corbata, un cambio de generaciones, si al caso, pero lejos de las discusiones y medidas profundas que reclaman una economía que empobrece a un porcentaje significativo de los colombianos, de una justicia al servicio de los partidos y sus gamonales, de un sistema de salud que trata a las personas como clientes y no como pacientes. Cambios.

Con la mentalidad con la que acudimos al supermercado, buscamos candidatos que “mágicamente” lleven dentro de sí el agente de su propia autocontención. La oferta de los políticos ayuda en la transacción. Como sucede cada vez más con las publicidades de alimentos, los candidatos titubean entre promocionar lo que el producto en cuestión contiene -sabor, color, textura– o lo que no –azúcar, conservantes, grasas trans. Mucho forro y poco fondo.

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El Repaso

Nos referimos a esos lugares comunes tan propios de personajes como Mockus y Fajardo. Nos referimos a las promesas de políticas sociales y acceso a la salud sin hablar de la carga tributaria que esto representa. Hablamos de la idea de fortalecer la seguridad -y su presupuesto- sin pensar en las bases que sustentan el modelo; hablamos de la idea de una “Colombia integrada al mundo” sin reconocer nuestras débiles capacidades para ser vistos como pares en el sistema internacional. Hablamos de defender los derechos de las mujeres sin tocar los privilegios de los que gozamos los hombres… y la lista podría seguir.

Espejismos democráticos como el del capitalismo sin pobres o una política sin polarización se convierten en el lugar común de la propuesta programática de la Coalición Colombia. Su “esfuerzo de construir consensos desde la diferencia” y su génesis en la lucha contra “la corrupción, el clientelismo y la cultura de la ilegalidad” reconocen que “estos males no son una mera desviación del sistema político, hacen parte esencial del mismo y son el mecanismo principal para reproducirlo”. Males que, nos dicen, no pueden ser diagnosticados ni solucionados por los políticos tradicionales (de ahí ese mantra de “los mismos con las mismas”), ni por una ciudadanía indignada y rabiosa, no. Son los eruditos como Mockus, los profesores como Fajardo, los técnicos como Peñalosa quienes nos indican el camino hacia la luz, siempre respaldados en las urnas por un ilustrado electorado que, lejos de polarizar, entiende de manera acertada los problemas del país y que la solución parte de una gestión, tan ilustrada como ellos mismos.

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La Nivelación

No en vano Mockus, Peñalosa y Fajardo coinciden en muchas de sus características, pero una de ellas nos llama la atención. Esa proyección de una imagen como la del político-no-político. El altruista sin maquinarias electorales que valientemente se enfrenta al sistema en nombre de la ciudadanía. No son políticos, son técnicos, académicos, gerentes. ¡Intelectuales! [risas pregrabadas].

Su legitimidad está en su formación, en su capacidad técnica y en los resultados que prometen obtener. No creen en la política porque está sucia. Ellos son la política sin política, el café descafeinado.

Lo de Fajardo es, al menos eso nos dice, una propuesta de gerencia pública basada en la cualificación y la superioridad moral de sus funcionarios. La tecnocracia y su tío más querido, el desarrollo. Para un gobierno como el que propone la Coalición que representa, las discusiones ideológicas son un asunto innecesario, de vieja data y poco productivo. Es polarizar.

Dice Juan Carlos Monedero que el peligro de políticos de este tipo es que nos hacen creer que no hay alternativa a esto (recordemos el lema There is no alternative” de Margaret Thatcher). El peligro está en que se erigen como los representantes morales e intelectuales de un cambio que no les interesa representar ni liderar.

Ese falso didactismo de Fajardo (inquiriendo a su par docente, instando a una periodista a que busque las respuestas a sus propias preguntas en Google, sucumbiendo ante una sencilla ecuación matemática propuesta por Suso, negándose a cualquier posibilidad de dialogo con sectores que también hablan de cambio) lo que nos muestra es la manera en que la política tradicional ha logrado adaptar el arribismo, el miedo a la diferencia y el clientelismo a las dinámicas del mercado electoral ofreciéndonos una alternativa que sencillamente garantiza la necesidad de su consumo. La misma cosa que causa el daño convertida en la medicina.

 

 

***Y de postre: Un plagio***

Restaurante colombiano, 2018. Dos amigos están almorzando, corrientazo para ser más exactos. Uno le dice al otro: “que mala la comida de este lugar” y el otro le responde: “Horrible, y además sirven taaaaaaaan poquito”. Pues básicamente eso es lo que tenemos hoy con Fajardo: nos molestan las promesas incumplidas, los cambios ilusorios, la falta de participación y las malas decisiones, pero siempre terminamos pidiendo un poco más. A la hora del té, nosotros somos el pasional populacho y ellos son los racionales expertos.

 

 

 

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