La Calle

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Por Julián Penagos Godoy.

Alberto López de Mesa es un arquitecto graduado de la Universidad Nacional de Colombia. Es uno de los candidatos políticos a la Cámara más particulares de estas elecciones. Durante su vida desarrolló muchos talentos: fue titiritero, escritor y poeta. Carlos era un colombiano de bien: padre de familia, responsable por su hogar, casado, profesional, trabajador, buen vecino, buen humano, buen terrícola, vacan, chistoso, alegre, todo bien, chimbita… Hasta que cogió la calle.

La calle de la que muchos hablan, de la que muchos cantan.  Carlos se convirtió en Carlitos –Carlito (‘S) Way– en la calle todo el tiempo; o en mexicano (que en paz descanse), pidiendo bendiciones a su madre antes salir a ella. Terminó en la misma calle de Juanito Alimaña, de Pedro Navaja y El Pringao. La calle que algunos quieren tomarse, de la que otros quieren salir y a la que otros quieren entrar.

Pero ¿qué es la calle?, ¿se puede agarrar?, ¿se puede entrar?, ¿no es la calle lo que siempre está afuera?, ¿se puede salir?, ¿se tiene que entrar para salir?, o ¿salir para entrar?, ¿cómo es la vaina?

Una primera respuesta a estas preguntas sueltas está en la generalidad del término. La calle puede ser lo que Laclau llama un “significante vacío”: un concepto tan grande y con tanta magnitud que no tiene un contenido específico, por eso mismo no nombra algo literal, es vacío (más no abstracto) por lo que todo el mundo lo puede usar, tanto los dominantes como los dominados, quienes habitan la calle y quiénes no. Y es que a la hora de hablar de la calle todos pueden teorizar, de la calle (no de Humberto) habla todo el mundo. “Mijo no se salga pa la calle” será el dicho eterno de abuelas y madres.

“La calle es una selva de cemento y de fieras salvajes, cómo no”, todos hemos pasado por ella, la calle es un espacio (abstracto), un territorio (administrativo) y un lugar (construido por las personas). En ese sentido -como significante vacío- pareciera que la pregunta adecuada no es qué es la calle, pues parece una cuestión inútil, imposible de resolver.  Sin embargo, la formula puede invertirse, qué tal si nos preguntamos ¿qué NO es la calle?

La calle no es un lugar de absolutas imposibilidades económicas, tiene sus formas y posibilidades de producir dinero. Estos ingresos en su mayoría corresponden a lo que el Banco de la República llama “economías subterráneas”, aquellas actividades al margen del código legal de un país, evasoras de la legislación fiscal y laboral. Una categoría estruendosa que no solo está en la calle pero que toma forma en ella. Bajo la que (sobre)viven miles, pues en la calle también está el dinero.

SAMBER.jpgNo es totalmente pública ni privada. Desde la teoría económica no es un lugar de uso excluyente, es lo suficientemente grande para todos; tampoco es exclusiva, no hay que pagar dinero para habitarla, ni el uso que le den unos priva a los otros. Hay quienes hacen de la calle su hogar, sus relacionamientos más íntimos se dan allí, sus afectos se encuentran en la acera. Ya lo habían dicho las feministas: ¡que lo privado es público y lo público es privado! ¡que todos y todas en el piso o todos y todas en la cama!

Para algunos es solo un lugar de paso, el desplazamiento de un punto a otro, nada significativo. Otros encuentran fronteras y memorias en ella, la convierten en territorio. Para otros más puede funcionar como un elemento de identificación, constituirse como un lugar. La identidad no es estática, es transversal, constantemente cambiante y escogida: la calle puede escogerse. ¿A eso se referían con coger la calle?

Tampoco es hegemónica pues la estigmatización, la violencia y la marginación son formas que el sistema dominante utiliza para mantenerse y a las cuales se ven sujetas las poblaciones “callejeras”, los no deseados o en palabras de Becker los “socialmente desviados” (Tapias Hernández, 2010).

La calle tampoco es estática, es un lugar de constante movimiento: es el centro de la vida social, el lugar del juego, del esparcimiento, de la conversación y de la fiesta; también es la zona donde distintos tipos de violencia pueden tomar forma, es ambigua, se mueve todo el tiempo.

A pesar de su fama no está subordinada totalmente a la ilegalidad. Constituye una interacción y tensión constante entre formas legales e ilegales ¡Cómo olvidar la famosa UPJ!

La policía es un actor importante y dominante en la calle, es esa contraparte que mantiene el orden en la disputa, esa cara no tan amable del Estado de la que habla Fassin. A fin de cuentas, la calle también un espacio de resistencia que se opone de forma no ordenada a la exclusión de la cual son parte quienes la habitan, en ella se construye una cultura, una red compleja y conflictiva de creencias, símbolos, formas de interacción, valores e ideologías que ha ido tomando forma como respuesta a la exclusión de la sociedad convencional (Bourgois, 2003).

Si algo queda claro con todo esto es que la calle es un gran debate. Categorizarla no es una tarea fácil: el género, la ciudadanía, los hábitos de consumo, los oficios, las representaciones sociales, los imaginarios, entre otras cuestiones tienen un rol en el debate de qué (no) es la calle.

Toda esta interesantísima discusión (guiño-guiño) y la curiosidad de archi-investigador sobre el tema despierta desde la experiencia, desde una circunstancia no planeada para contrarrestar el tedio de un domingo: cómo olvidar aquella visita al Sanber (olla ubicada en calle sexta con carrera 11).

Aquella vez iba con Juan. En otros tiempos fui con amigos quiénes compraban y salían, pero esta vez era distinto, iba con alguien que conocía el lugar.

“Déjeme hablar a mí”, fueron sus palabras cuando entramos. En la entrada estaban los campaneros, aquellos que anunciaban la presencia de policías cercanos, movimientos raros o posibles operativos.

Dele una moneda al campanero, dijo Juan.

Atravesamos unas improvisadas barreras compuestas por neumáticos, piedras y palos que daban espacio para el paso de motos y peatones pero que impedían el paso de automóviles o vehículos grandes. Al interior una lucha entre vendedores: sellados (perico/coca),, pegados, punto rojo , pepas y moños, gritaban mientras pasábamos por su lado.  Aquella vez una moto de policía pasó mientras una multitud de fulanos fumaban hierba delante de ellos: como si no los hubieran visto.

Juan vio mi cara de impresión y me comentó que la olla era un entorno seguro. Adentro no se podía robar y la policía no podía hacernos nada, como si esas improvisadas barreras fronteras dieran origen a otro orden, a otro campo ¿Podía decirse que la calle era un campo?

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Un campo-concepto desarrollado por Bourdieu- se entiende como un espacio social formado y que forma. Donde hay jugadores, prácticas y reglas de juego; donde aquellos jugadores comparten valores que alimentan el sentido de su vida, es decir tienen nociones en común. Que en la olla no se roba o no se pelea es un pensamiento compartido. Eso, a pesar de que la fuente de legitimidad de tal idea provenga de actores dominantes, quienes mantienen el control de la misma.

¿Cómo mantienen el orden? ¿Qué es necesario saber para establecer las reglas en esa selva de cemento? ¿Cuáles valores son los que importan en la calle? Son preguntas que quedan abiertas. Delimitar el problema epistemológico que yace en ella puede ser la herramienta para definir aquellos espacios que (no) son callejeros…. Pero mamá ¿qué es la calle?

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