Ese elogio de la pobreza

Por Pedro López Cuellar.

Desde hace años había querido escribir esta entrada. Se me ocurrió cuando leí un artículo del periódico El Tiempo, que en su versión impresa contaba la historia de tres hombres que habían cambiado la vida en la ciudad por la vida en el campo: Un abogado, un gerente de banco y el otro… creo que era sacerdote. Cada uno salía con una foto: rodeado de matas, tierra y con botas pantaneras.

En ese momento me gustó mucho el artículo; hasta que empecé a encontrar una tendencia: Cuando se hablaba de las maravillas de la vida sencilla, muchas veces el protagonista era una persona urbana y rica que había decidido cambiar su vida para vivir en el campo. Como si sólo fuera elogiable la sencillez si no se había nacido en esta.

No volví a encontrar el artículo de esos tres hombres, pero les traigo otros ejemplos:

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Esta foto es del artículo “Neocampesinos, gente de la ciudad que se muda al agro” del 11 de octubre de 2014. Ahí aparece, en primer plano, una estudiante de biología que se fue a vivir a la tierra de su familia en el Sisga. Por allá, en el fondo (¿si lo vieron?), aparece “José, el mayordomo”.

También aparece en el primer plano de esta noticia la historia de Jaime, un ex gerente de Ford Latinoamérica, quien se fue a vivir a los cerros de Bogotá con su esposa: “Practican el trueque, y su trabajo está enfocado a mejorar las condiciones del pequeño campesino y la recuperación y la multiplicación de las semillas nativas”.

Su intención -se los juro- me parece noble, pero aún así mantiene la tendencia: se rescata la historia del rico que vive como pobre, pero no la del pobre que vive como pobre.

Los otros dos ejemplos que encontré salen de la revista Semana. El primero se llama “¡A que no se atreve a vivir sin un peso en el bolsillo!” y el otro se llama “Aunque esta mujer es millonaria vive como un hobbit”.

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Vuelve y juega: primero hablan de un economista que “solía usar ropa cara, trabajar en una empresa de alimentos orgánicos y ganaba bastante” y que después decidió vivir en un camión, usar periódico en vez de papel higiénico y bañarse con agua de lluvia.

Después hablan de una psicoanalista que abandonó el salario y la pensión y ahora “vive de lo que las personas comparten con ella a cambio de limpiar sus casas, barrer sus calles o hacerles sesiones de psicoterapia”.

Por último, en el artículo de la Hobbit, hablan de la “heredera de una familia millonaria” que estudió en Oxford, pero escogió irse a vivir sin lujos al monte.captura-de-pantalla-2016-04-10-a-las-20-23-52


“Todas las mañanas N.N. se levanta, tiende sobre su cama el edredón de lana que ella misma tejió, va a su huerto, recoge frutas y hortalizas y luego alimenta a sus tres cabras, siete gallinas y dos caballos. Dedica sus tardes a cortar leña, va a un manantial cercano a recolectar agua potable y limpia su modesta casa fabricada con barro y paja. En las noches se sienta alrededor de la fogata y se dedica a tocar su arpa celta. 

Su rutina, aunque parece propia de uno de los personajes más pequeños del mundo mitológico creado por J.R.R. Tolkien, hace parte de una mujer de carne y hueso que vive en pleno siglo XXI en las montañas del oriente de Gales.”

¿Por qué estas estas personas logran relevancia en estos dos medios?

¿Será que ordeñar, vivir sin luz, limpiar casas por comida o ahorrar en papel higiénico son cosas de ficción para quienes escribieron estas historias?

¿Será que miran estas privaciones sólo como el escenario de cuentos del bosque?

¿Será que lo mismo piensan quienes leen esas publicaciones?

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