PECADO ORIGINAL

No creo en el calentamiento global

No creo en el calentamiento global

Por: Pedro Rojas Oliveros.

Desde el pasado lunes 30 de noviembre y hasta el próximo viernes 11 de diciembre se realiza en París la XXI Conferencia Internacional sobre el Cambio Climático. Las agencias internacionales de noticias, los despachos de las cancillerías de los Estados participantes y los individuos twitérrimos “han coincidido en señalar la trascendental importancia del evento pues, al fin, se pactará un compromiso vinculante para la reducción de los gases de efecto invernadero, incluidas las potencias” (tomado de una página cualquiera).

El del cambio climático es un tema de esos que los expertos dicen “ocupa la agenda” de Jefes de Estado, magnates transnacionales, oenegés, etc.; a la vez que sirve de tema de tertulia en almuerzos familiares, salones de clase, bares universitarios, programas de opinión, discusiones en redes sociales (con lo lindo que es el conflicto vis á vis)… Sin mencionar los que, como ocurre con “la paz”, se abrazan a este tema para financiar todo tipo de proyectos. País de rebuscadores gana panes emprendedores en el que hasta ese carismático personaje que es Julitonomecuelgue pre$ta su voz para la narración de una empalagosa película sobre la prima-hermana del cambio climático: la diversidad natural.

De acuerdo al complejo modelo de racionamiento occidental, el tema del cambio climático como tantos otros, ha sido investigado, abordado y sobretodo agotado de acuerdo a la sofisticada fórmula: Identificación de problema = Formulación de soluciones. El resultado, ha sido toda una amplia gama de generadores de opinión que desde diversos lugares del Planeta Trampa dicen que la solución está por aquí montando bicicleta o por acullá montando patineta. Lo curioso del asunto es que el problema se da por sobre entendido: Nosotros, chimpancés evolucionados, somos la causa de la C A T Á S T R O F E que sufre el planeta. Pero no basta con eso. A lo anterior, se suma otra premisa: la situación tiene una superlativa carga moral, pues además estamos haciendo daño a una suerte de gran ser armonioso, coherente, equilibrado, etéreo que NOS HA DADO LA VIDA (“¿Qué sería de nosotros sin la naturaleza?”). Como lo dijeron alguna vez los Hora Local: “soluciones para todo, menos para los problemas”.

A esta joya la vamos a intitular: “Soluciones”.

A esta joya la vamos a intitular: “Soluciones”.

 

Como es costumbre en esta revista (¿?) –que empezó siendo pequeña, no como es hoy un gran movimiento de personas– nos ha interesado fijarnos en el problema. Aunque seduce la idea de ser parte de la generosa asociación de expertos en temas de cambio climático, quisimos ponerle todos nuestros esfuerzos a encontrar alguna razón que explicara por qué la problemática ambiental (el cambio climático), además de popular, se da por sobre entendida.

Parafraseando al futbolista, la respuesta está en Dios La gloria es para el Señor. O mejor, la respuesta está en la religión.

El mito cristiano del pecado original, hace referencia a aquella historia en la que el buen Adán desobedeció a dios, al comer un fruto “del árbol del conocimiento del bien y del mal”. Por semejante injuria, él y su querida Eva fueron expulsados del jardín del Edén, pero además el resto de los hombres (y de las mujeres, compañeras!) fuimos manchados por un pecado fundacional: la desobediencia.

Adán desobedeció la palabra de Dios –su mandato, que es una autoridad incuestionable para los que profesan esta religión. Con su rebelde actuar, puso en riesgo de catástrofe ese armonioso, coherente, equilibrado y etéreo Jardín del Edén. Cuestionó y puso en riesgo a quien le había dado la vida.

Para Slavoj Zizek, hoy día el discurso de pensamiento ecologista (encarnado en todas estas discusiones, espacios e interacciones ligadas al cambio climático, la diversidad natural, primas, hermanas y tías) desempeña un papel fundamental en la manera en que concebimos el mundo de hoy. Hasta ahí, nada nuevo. Pero agrega que el discurso ecologista se fundamenta en ese sentimiento de culpa permanente, en esa marca, en ese pecado original del cual hombres (y mujeres, comapañera!) somos culpables: la catástrofe. Con nuestras necias visitas al prohibido expendedor del conocimiento (y su pecaminosa concubina, la ciencia), hemos atentado contra quien nos dio la vida. Hemos acabado con su armonía. Le hemos desafiado, desobedecido. Por eso, Adán y Eva fueron expulsados del glorioso jardín por parte de dios Padre y por eso nosotros, pecadores sometidos a un estilo de vida artificial en detrimento de La Madre, merecemos lo que nos está pasando: La naturaleza nos cobra factura por lo que le hemos hecho.

So On

El habitual discurso del pensamiento ecologista, ese reduccionismo en el que hemos caído justifica las consecuencias del exceso del estilo de vida humanoide basado en el consumismo…y por justificarlas, parece, poco hacemos por encontrar soluciones que al menos se aproximen a la raíz del asunto: ¿Qué tanto estamos dispuestos a modificar nuestro estilo de vida para “salvar el planeta”? Pero bueno. Eso es otro tema.

Zizek también señala que esa pasividad en las acciones hace parte de la manera religiosa y conservadora que reviste al discurso ecologista, el cual se distrae en la conversación y olvida lo fundamental. Tal como lo señalara Marx con respecto a la religión en 1884. Tal vez esa esa pasividad en las acciones, ese respeto a la autoridad, ese temor divino al cambio climático explique por qué ahora le interesa tanto a los mandatarios del mundo vincularse en las soluciones para hacerle frente al problema del cambio climático. “Incluso a las potencias”.

 

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