EN EL AMOR TODOS SOMOS INSECTOS

Filosofia Natural del Amor

Por Andrés Cota Hiriart.

¿En qué se parecen la salamandra ciega, el cisticerco y el helecho arborescente? ¿Qué comparten con la pulga, el cacto floral y las amibas? ¿Qué los torna afines a las setas y distintos a la roca volcánica? La respuesta podrá parecer un tanto simple, todos ellos representan entes dotados con la gracia de la vida; sin embargo, las implicaciones filosóficas de tal aseveración, no lo son tanto. No obstante, y aunque podrían nutrir un interesante ensayo al respecto, no nos detendremos a considerarlas. Lo que nos atañe ahora es algo mucho más inmediato. Un rasgo peculiar de toda substancia animada. La necesidad de reproducirse.

“La vida siempre buscará perpetuarse,” esa es la máxima que opera en la naturaleza. Dado que la muerte es quizás la condición más fundamental de la vida, los organismos se ven confrontados irremediablemente con la obligación de engendrar descendencia. De otra manera la especie sería incapaz de subsistir y la biología dejaría de fluir por sus múltiples cauces.

Duplicar al individuo. Eternizar los genes. No hay más. Si se pretende dejar huella del efímero paso por la existencia, resulta imperante agregar una rama nueva al frondoso árbol genealógico. Abrir el pasaje siguiente del libro que recapitula la historia orgánica particular. Proyectar los caracteres hacia la siguiente generación y estirar el linaje.

¿Pero cómo? ¿De qué manera lograr que sapos y manatíes salgan de su estupor habitual y asuman las arduas tareas involucradas en la reproducción? Sencillo: premiando las acciones. Reforzando los intentos de procreación con algo valioso. Otorgando satisfacción a cambio de la preciada semilla celular. Nos referimos por supuesto al húmedo y dulce mundo del goce y el placer.

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Quede claro que el presente tratado versa únicamente sobre la reproducción sexual, aquélla que tiene como requisito indispensable que macho y hembra interactúen para crear nueva vida. Los demás tipos de reproducción, propios de bacterias y demás seres carentes de sexo, operan bajo mecanismos bastante más oscuros y difíciles de comprender. Porque lo cierto es que no existe nada más poderoso en el reino natural que el impulso erótico. Y eso la evolución lo sabe muy bien. Llegando, sin duda, hasta sus ultimas consecuencias dentro del filum animal, donde El gen egoísta de Dawkins ha dado paso a las más descabelladas estrategias para llamar la atención de la pareja potencial.

El demandante y sumamente competido proceso de atracción y convencimiento. Rituales de cortejo intrincados. Folclores de conquista casi exagerados. Bailes de enamoramiento en los que los ansiosos pretendientes dejan todo sobre la pista. Desde la conspicua cola del pavo real, hasta las nalgas rojas e hinchadas del macaco. Del cambio de color propio de camaleones, a los abrazos multitudinarios con los que se fecundan las anacondas. El canto de las ranas, la arquitectura del nido de las golondrinas, el buche globoso de los cormoranes y el frenesí nocturno de los arrecifes coralinos.

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Todo con una sola intención: perpetuar la vida.

Es probable que, de la gran biodiversidad de animales que salpican el planeta, sea en el grupo de los artrópodos donde se registran las costumbres sexuales más fascinantes e improbables. ¿Cómo experimentará su erotismo un mosco? Es una cuestión imposible de dilucidar. Sin embargo, bajo la lupa de la interpretación humana, los actos invertebrados suelen parecer extremos en demasía, en algunas ocasiones obscenos y, en otras, francamente crueles.

Tomemos, por ejemplo, el caso de la avispas tachonas, en el que las larvas femeninas emergen al mundo tras la metamorfosis con la parte posterior por delante. Sucede entonces el arrebato pederasta por excelencia. Los machos arremeten desesperados contra las crisálidas y fecundan a las recién nacidas antes de que les sea posible abandonar por completo su estructura de gestación. Así las hembras de esta especie comienzan su etapa adulta ya embarazadas.

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O el ampliamente conocido caso de la viuda negra. En el que es común que las hembras deglutan vorazmente a su marido apenas consumada la noche de bodas.

Y ni qué decir de las efímeras, cuyos adultos apenas existen por el lapso de unas cuantas horas. Efectuada la metamorfosis, los miembros de esta especie dedican toda su energía a multiplicarse, pues tienen poco menos de lo que dura un día para realizar la fecundación y deposición de los huevos.

Claro que nosotros no nos quedamos muy atrás en lo que a comportamientos sexuales respecta. Nos gustará acusar a los bichos de que son pecaminosos, pero la verdad es que en el mono consciente la diversidad de aproximaciones al acto erótico pueden llegar a ser igual de extravagantes. El escritor de origen francés Remy de Gourmont resume la cuestión con maestría en la siguiente cita: “De todas las aberraciones sexuales, probablemente la más peculiar sea la castidad.”

Y es cierto. Si por algo se ha distinguido nuestro grupo taxonómico, es por su rotunda obsesión con el sexo. Desde muy temprano en nuestra evolución borramos la primicia puramente reproductiva de la interacción sexual y dimos rienda suelta al libido. Aunque las religiones impongan tabúes que pretendan disfrazarlo, el Homo sapiens es un organismo que adora el placer carnal.

Rémy de Gourmont también es autor de uno de los primeros volúmenes que analiza los paralelismos sexuales entre el hombre y el resto de los animales. En La filosofía natural del amor, de 1904, el escritor repasa ejemplos de conductas reproductivas en varios grupos fáusticos y los contrapone con nuestros propios actos. Haciendo alusión a que el amor no es más que un instinto primitivo, de Gourmont propone: “No existe un abismo entre el hombre y el animal; ambos dominios están apenas separados por un pequeño riachuelo que hasta un bebé podría cruzar. Somos animales, vivimos de ellos y ellos de nosotros. Ambos tenemos y somos parásitos. Somos predadores y figuramos como la presa viviente de otros depredadores. Y cuando seguimos el impulso amoroso, es ciertamente, en la visión de los teólogos, un acto propio del bestiario. El amor es profundamente animal; he ahí su belleza.”

Recientemente Sebastián Hiriart retomó estas ideas para su segundo largometraje: Filosofía natural del amor (2013). En esta cinta el director mexicano explora distintas historias de seducción y su similitud con el apareamiento animal. Bajo el lema “El amor es un cuento de hadas que termina en tragedia griega,” en pantalla se nos presenta un ensayo cinematográfico que aborda la complejidad de las relaciones humanas. Integrada por cuatro narraciones ficticias y algunas entrevistas a parejas reales yuxtapuestas con planos evocativos de la vida de los artrópodos, la película reflexiona sobre los posibles ciclos y el devenir del proceso de acercamiento entre dos personas. Tocando temas como el enamoramiento, la pasión, la fidelidad, la decepción y la culpa, la obra pone en manifiesto que a fin de cuentas en el amor todos somos insectos.

Para concluir citemos las palabras del gran Hugo Hiriart, que es entrevistado al final del filme: “El amor al arte, a Dios, a un hijo o a un padre, es el más difícil de explicar. Mientras que el amor erótico debería se el más fácil de entender, pues está basado en el instinto animal de la sexualidad. Algo que todos los animales sienten. Sin embargo, el ser humano transforma el acto sexual en la relación más compleja de todas las que entabla a lo largo de su vida”. 

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