Pague 1 lleve 2: Yo, solidario

RASTA

Por Pedro Rojas Oliveros.

En una nota reciente, los organizadores del Jamming Festival promocionaban el alcance que ha logrado tener el festival desde que inició, en 2012. Sin embargo, la medida que hacen no está establecida ni por la cantidad de artistas y bandas que han subido a sus tarimas, ni por la calidad de los mismos o de sus presentaciones.

Luego de dos ediciones, el Jamming se postula como algo que es más que sí mismo, porque “el reggae –dicen sus organizadores- es mucho más que dreads y porro” (como si el segundo no bastara). También, aclaran, es una “devota inclinación por el medio ambiente y la espiritualidad”. Con ese argumento Partiendo de esa idea, tomen nota, ponen sobre la mesa una lista de actividades a las que llaman “el Jamming social”: “un fiel retrato de la cultura “One Love” a través del arte, las labores sociales y el deporte”. Además de colaborar con algunas organizaciones no gubernamentales (entregas de kits de aseo a comunidades vulnerables, viajes a niños de escasos recursos, venta de productos en material reciclable…), destacan la realización, in situ, de mundialitos de fútbol cinco, de campeonatos relámpago de voleibol, la lectura de textos y la socialización de producciones audiovisuales. La nota que referimos (y que puede leerse acá) poco comenta de los invitados de este año, de la trayectoria de las bandas, de sus apuestas musicales… En este festival de música, parece, lo que menos importa es la música.

HIppie

Pero no es sólo cuestión del Jamming. Aunque en la nota se puede intuir un airesillo de “vanguardismo”, de “esto lo hacemos porque alguien tiene que hacerlo”, la manía de darle a las cosas un valor más allá del que supuestamente tienen, es algo típico de la ecuación oferta-demanda: ningún producto está realmente a la altura de las expectativas que provoca. De allí la necesidad de un plus.

Lo supimos por Marx, una mercancía no sólo satisface una necesidad particular, también es la promesa de algo más, es la promesa de un goce indescifrable, que no se puede medir ni limitar y cuyo verdadero lugar es la fantasía y toda la publicidad apunta a ese espacio: “Si usted asiste al Jamming, no sólo disfrutará de un festival musical, también podrá echarse un picadito, pillarse unos cortos y, de paso, ayudar a construir un mundo mejor”.

Es precisamente lo que ocurre hoy día con la mayoría de productos en el mercado: compra este reproductor de DVD y recibe gratis la primera temporada de Padres e Hijos, compra la camiseta de tu equipo de fútbol y recibe además dos boletas para ir al estadio y una bufanda, compra este afiche de Falcao y recibe totalmente gratis este mechón de su pelo… o lo que es también muy particular: compra este paquete de papas y recibe 20% más de contenido (que en la mayoría de casos viene siendo aire atrapado en el paquete).

¿Pero por qué esta necesidad de ofrecer algo más?

MARX

Lo sabemos también por el buen Marx, la función de ese más, de ese plus, de ese aditamento es cubrir una carencia, compensar el hecho de que la mercancía pocas veces pueda llenar la expectativa del consumidor. El plus intenta darle sustancia a la mercancía. La sustancia del Jamming no es la música, no es bailar al son de unas notas y unos porros, es el “jamming social”, no pagas 350 mil pesos por dos días de música ¡No! Lo haces por dos días de solidaridad, espiritualidad, armonía, los pagas para ser el pibe de tu barrio Jamming.

¿Altruismo? Puede ser… ¿Condición sine qua non del capitalismo contemporáneo? ¡Bingo! El paquete está lleno de aire.

Así las cosas, en El Revés hemos decidido darle un plus a nuestros geniales lectores. Hemos decidido, al mejor estilo de Assange, revelar la fuente de todos los columnistas políticos del país, punto de partida de las más acaloradas y sesudas discusiones del quehacer nacional. Que ustedes la disfruten. (Agárrense duro de la silla y hagan click aquí).

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