“¡No te juntes con esa chusma!”

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Por Tatiana Acevedo. Era 1940 y Alfonso López Pumarejo se preparaba para su segundo mandato presidencial. Para ese momento ya había sido representante a la cámara, senador, ministro, diplomático, presidente de su partido y de Colombia. Reformista, pionero, visionario, innovador, transgresor, padre de una reforma agraria, la legalización del derecho a la huelga y la educación laica. López había abandonado el país en 1938 y desde los Estados Unidos administraba las tierras y los demás frentes económicos de la familia. También trataba de controlar las divisiones internas del liberalismo: el ala Santista del partido no apoyaría su segunda candidatura y la campaña presidencial se anunciaba difícil y combativa.

            Aún así, en medio de negocios, cuentas e intrigas políticas a tutiplén (y en medio de la segunda guerra mundial), López encontró tiempo de sentarse en su despacho de Nueva York para escribir a máquina una carta con tres páginas de chismes. La esquela, escrita un catorce de agosto, estaba dirigida a su hijo Alfonsito y reposa hoy en el Archivo General de la Nación.

En ella, el dos veces presidente habla mal de sus otros hijos. Los primeros párrafos son sobre Pedro López, que para entonces tenía cincuenta y cuatro años, se encontraba fastidiado con el “furor matrimonial” que tenía poseído a su hijo y parecía no aprobar a la futura esposa. Confiaba en que, una nueva vida en un apartamento de soltero, haría que cambiara de parecer: “Creo que a la vuelta de cuatro o seis semanas estará más tranquilo o en vía de enamorarse de otra muchacha”.Con ello en mente, le pide a Alfonsito que le procure a su hermano juegos de loza y cristalería: “ya en el volate de estar organizando comiditas y cocktail parties, no tardará en engolosinarse con la idea de llevar una vida de soltero”

Luego, habla de Fernando. Menciona, en son de reproche, los elevados costos en que incurre para que este finalice una carrera en Princeton y lamenta el que, no obstante la inversión y los estudios, “no se haya redimido completamente de su inferiority complex”. López, sin embargo, deja claro que su fuente de preocupación por esa época no proviene de sus hijos varones. Ni tampoco de los bancos, los inversionistas, los nazis o las futuras traiciones partidistas. Su malestar proviene de las actitudes de su hija María Mercedes.

Admite tener “entre ceja y ceja a la china” y afirma que está más que harto con “su vieja inclinación” a cultivar relaciones con muchachas de “posición más modesta”. Indignado, el prócer hondano se pregunta de qué han servido tantos esfuerzos para relacionar a sus hijos con la crema Bogotana. La gota que rebosa la entereza del padre es la invitación que la joven le hiciera a una de estas amigas “de posición más modesta” a pasar unos días de veraneo en Nueva York.

“Y no necesito decirte cuánto me impacienta tener a la familia instalada en Park Avenue para que María Mercedes ande de arriba abajo con Cecilia Trujillo, como andaba en Bogotá con las Ferreritos o las Hernández (…)” escribió el motor de la Revolución en Marcha. Cuán diferente sería la situación, agregó, si la desconsiderada María Mercedes hubiese entablado relaciones “con las Holguín, las Kopp o las Obregón Rocha”.

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