FIEBRE AMARRILLA

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Por Pedro Rojas Oliveros. La última vez que celebré un gol de la selección Colombia fue en el mundial del 98. El 22 de junio, Leider Calimenio Preciado Guerrero vino desde el banco de suplentes y a sus 22 años marcó el más reciente gol de Colombia en un mundial. Fue pase del Pibe Valderrama, luego de robar un balón en tres cuartos de cancha de Túnez, le da la pelota al tumaqueño y éste saca un zurdazo rastrero imposible para cualquier arquero. Incluso si el mismísimo Lev Yashin hubiera despertado de entre los muertos con un pasaporte tunecino en la mano, no habría podido retener el remate de Léider. Golazo. Leider querido, Leider Corazón de León.

La tricolor no me mueve un pelo, no me altera. En el fondo a veces me alegra cuando le va mal. En otros tiempos era más fácil, la gente entendía que no me gustara la selección pero ahora no, ahora que gana, ahora que vende camisetas y hasta es cabeza de serie, cada vez que reniego de ella vienen las miradas que matan, los señalamientos, los regaños… “¿Luego usted dónde nació?” “¿Se cree europeo o qué?” “¿Qué le pasa? ¡Es NUESTRA selección!”

Para el profesor Alvaro José la democracia colombiana se sienta en tres pilares. A estos, había que sumarle el pilar de hinchar a la selección. Si uno se animara a entrar a una misa de domingo al medio día, subirse en la pileta del agua bendita, bajarse los pantalones hasta las rodillas y entonces orinar el contenido de esa pileta, saldría mejor librado que cuando se habla mal de la selección en cualquier lugar. Incluso en una iglesia. Una vez en la oficina donde trabajo, uno de mis compañeros supo que yo no le iba a la selección. Habitualmente bajábamos a fumar unas dos o tres veces al día pero después de saber aquello, dejó de fumar. Dejó de fumar y de hablarme, apenas me saluda.

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El asunto es tal, que cuando veo los partidos de Colombia con mis amigos, ellos me celebran los goles en la cara. No importa el rival, puede ser Moldavia, Falcao anota y se me vienen encima, “GOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOOLAAAAAAZO HIJUEPUUUUTAAAAAAAA”. Falcao es otro tema. Santander, Uribe y Radamel, esa es la santísima trinidad colombiana, guardianes de nuestro orgullo, lanceros de la República, escritores de nuestra historia. De la selección el que menos me gusta es Falcao, básicamente me cae mal por los mismos motivos por los que me caía mal Samuel, un pelado de colegio: plancharse el pelo, jugar de palomero, caerle bien a todo el mundo, ser de millos, ser lambón. Me incomoda esa superioridad moral que le indilgan a Falcao, no me la creo, me resulta muy artificial, como la textura de su pelo.

A ciencia cierta no sé qué pasa, muchas veces quisiera ser parte de esa fiebre amarilla, agarrar bien duro el envase de Águila, agitarlo en el aire y decir “¡¡¡Que viva Colombia carajo!!!”, pero algo no me deja, no me lo permite. Ahora juega más bonito que antes, que el equipo del Bolillo (sólo alguien como él podría tener un apodo como ese), con éste técnico no es un equipo cobardón, al menos. Aunque a mí la verdad el rol que más me gusta de Péckerman es el de actor:

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En el nombre de Santander, Uribe y Falcao, que en Brasil se nos les dé el milagrito!

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