Entre gustos… se le dan dos tazas.

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Por Pedro Rojas Oliveros.

Hoy día desde las reivindicaciones sociales hasta los eventos chick tienen como protagonista principal el arte. El arte, ¿campo? ¿mundo? ¿disciplina? ¿oficio? ¿estilo de vida? Cualquiera que fuese su adjetivo correcto, me sorprende que el arte -tanto como la cultura– haya cooptado a cientos de miles de millones de personas en el Planeta Trampa. Cada día más y más gente –al menos de dientes para afuera- se comprometen con el arte: arte y cocina, arte y moda, arte y política, arte y calle, arte y medio ambiente, arte… todo es arte. Sin mencionar que todo oficio bien realizado se convierte en arte: el arte del fútbol, el arte de amar, el arte de ser enfermerx

Vale la pena aclarar aunque se intuye fácil, que poco se de arte. No se apreciar un cuadro, ni un performance. La música me gusta fuerte, pesada y distorsionada; me gusta el cine de Hollywood (pocas veces me he aguantado completa una peli de cine arte), mi ídolo de la infancia (y de esta infancia tardía) es Jean Claude van Damme, no me da pena decirlo. Aclaro esto porque no quiero jugar a ser crítico de arte, eso se lo dejamos a los expertos. Lo que quiero hacer con estas líneas es apenas mostrar la manera en que algo que siempre he considerado tan lejano a mi rutina, se ha introducido en casi todos los espacios de la misma. Seguro que a tantos otros les ha pasado y están felices de ello. Yo lo miro con cierta sospecha.

Que no me deleite con el arte es culpa de mi profesora de artes plásticas del colegio. No me acuerdo de su nombre, pero le llamábamos “Higuita” y también recuerdo lo paradójico que resultaba atender a una clase de estética dictada por una persona tan poco estética (al menos para un grupete de hormonas ambulantes). “Higuita” usaba faldas larguísimas, sacos de oveja viva (o al menos olían como si las ovejas estuvieran vivas), mochila trenzada y constantemente nos invitaba a “expresarnos por medio del arte”, “opinar por medio del arte”, “vivir para el arte”, “apreciar el arte”, “respirar arte”… es que según parece, “al mundo le hace falta arte”. A mí es que expresarme por medio del arte me resulta tan aburrido como expresarme a través de las matemáticas, la clase de “Higuita” me resultaba tan tremendamente monótona como las del profe Cervantes de geometría. Lo que me molesta, a ciencia cierta, es ese tufillo de imposición del arte. Siempre tiene una valoración positiva. El arte es la expresión más honesta, alguien que sabe de arte (no es necesario que pinte o tenga don alguno) es siempre alguien culto, interesante al menos. Hoy día, el arte sirve para todo: hay quienes usan el arte para trabajar con víctimas de la violencia, con niños, con mujeres, con comunidades (¿dónde está la frontera entre las “comunidades” y las no-comunidades?), hay quienes usan el arte para cocinar, para “crear conciencia”, para esto y para lo otro. No dudo de sus buenas intenciones, ¿pero en qué momento empezó todo esto? ¿en qué momento y bajo qué excusa el arte empezó a cooptar tantas actividades?

Para Repronto, esto tiene que ver directamente con la irrupción del arte contemporáneo y la mano oportuna que recibió de ciertas personas… personas cultas, interesantes y prestantes que saben de arte, lo transpiran. Sea cual fuese la respuesta, he aprovechado estas épocas de vacas flacas laborales para realizar una exhaustiva, rigurosa, profesional y relevante pesquisa (sarcasmo incluido) del arte y su irrupción en el mundillo de hoy:

Arte y Revolución

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Arte y género

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Arte y Memoria

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Arte, Educación y Ciudadanía

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Arte Fálico (Aquí el link para lxs interesadxs)

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Arte del latte o arte del café con leche

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Aquí un video instructivo con cierto sabor a Bob Ross para quienes se animen.

 

Arte y jardinería

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Arte y peluquería

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Arte y vegetales

 ImagenArte y tarjetas débito

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Homenaje de Davivienda a Omar Rayo

Y mi favorito, Arte y policía

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El arte aparece como sufijo, prefijo, apellido y nombre de pila, pero casi nunca como esencia. Alimentarte, cocinarte, arteria, entre otros, invaden las calles, avisos y piezas publicitarias (aquí un interesante escrito sobre estas últimas) por doquier dando cuenta de que el arte ha llegado pisando duro y que cientos de miles de millones de personas, colectivos, instituciones, entre otras, alzan su bandera.

No estoy en contra del arte, si acaso eso fuera posible. Mi desconfianza radica en su lugar privilegiado frente a otras expresiones humanas como el fútbol, la retórica o la confección. Ubicarle como sufijo, prefijo, apellido o nombre de pila se convirtió en una práctica vacía. Casi de la misma manera en que el término “democracia” se utiliza o bien sin sentido o bien para lavar las prácticas más crueles, el arte aparece para encubrir cualquier cosa, incluso para mantener vivo a Hitler.

Renglón aparte merecen los artesanos. Artesano, eufemismo espeluznante para referirse a los hippies ¿Cuál es la diferencia entre un artista y un artesano? Bastaría con acudir al diccionario de la gonoRAE para dar respuesta a la pregunta estúpida que realizo, pero poco me interesa el concepto sacro santo de un grupo de viejos ilustrados (seguramente eruditos del arte) sobre lo que las palabras deben significar ¿Será una cuestión de clase? ¿Artista es Botero en su casa en Pietrasanta y artesano es el que acosa a las niñas universitarias para venderles manillas? Claro, con estas cosas de la globalización y lo transnacional el artesano en las calles de Bogotá ya no es solo criollo. Toda una amplia gama de nacionalidades transcontinentales encontramos por ahí, con manillas al hombro y con alguna historia que termina en “apoya mi arte”. Más me gustaría miarte.

Eso es todo.

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