A mí deme un aguardiente… ¡Pero de Starbucks!

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Por Lina Margarita Perea.

He escrito sobre la vida, sobre religión, política, música, arte, comida, familia, amor, gustos y disgustos como una persona muy integral que soy, pero nunca pensé que le dedicaría parte del tiempo que a veces no me sobra a escribir sobre Justin Bieber. ¡Justin Bieber! Uno nunca termina de conocerse definitivamente.

Y si, aprovecho este espacio para escribir sobre la “súper estrella del pop norteamericano”, bueno, no sobre él sino sobre sus hazañas artísticas en Bogotá y la respuesta institucional que recibieron. Bieber es un pelado de 19 años, cantante de… de…pop de rock de… cantante… y  que según la Revista Forbes tiene una fortuna avalada en 65.5 millones de dólares, es decir que tiene más plata que todos los colombianos “de bien” juntos.

Con ocasión de su concierto en Bogotá, el pequeño cantante decidió tomar sus (¿)ideas(?) y aerosoles y salir a pintar o grafitiar algunas paredes de la calle 26. Hasta ahí todo va bien. Yo francamente soy partidaria de que las paredes son de quien las pinta, con o sin talento –unos grafitis nos gustan más que otros- En fin, el problema surge cuando al día siguiente nos enteramos de que el pequeño Justin estuvo acompañado de miembros de la Policía Nacional que garantizaron su seguridad mientras hacía los dibujos.

Tenemos que evolucionar, el grafiti es la expresión de un sentimiento, de una motivación“, fueron las declaraciones de Horacio Serpa del director de la Policía Rodolfo Palomino… ¡Increíble! Nuestras instituciones evolucionan de un momento a otro cuando ven que las actividades que criminalizan a diario son realizadas por extranjeros. ¿Cómo se llama eso? Arribismo dicen por ahí, de ese tenemos en grandes cantidades, incluso más que “café, flores y mujeres bellas”.

Ahora, en realidad el problema no es Justin (al menos en el tema del grafiti), es la forma en la que históricamente hemos asumido esa presencia extranjera en nuestro terruñito de patria lambón. Tiene que existir una explicación sociológica, antropológica o del cosmos que nos explique la razón de nuestra falta de autoestima nacional, de nuestro ausente coraje para querer y hacer valer lo nuestro primero; no es nacionalismo, es un mínimo de amor propio por lo que aquí tenemos y por lo que somos; bueno, malo, conflictivo, subdesarrollado, o tropical, eso es lo que somos y deberíamos tener por lo menos el valor de asumirlo sin vivir de rodillas frente a los otros.

En este país lo extranjero enaltece, aquí todo aquel que haya salido/vivido en otro país –ojalá “desarrollado” adquiere inmediatamente un estatus que le permite acumular capital social de reconocimiento.

Ella es una de las “conocidas belieber”. Según supe, es un gremio de adolescentes fanáticas del pequeño cantante. Muchas de ellas acudieron al lugar del “delito” a tomarse fotos con los rayones de Bieber.

Ella es una de las “conocidas belieber”. Según supe, es un gremio de adolescentes fanáticas del pequeño cantante. Muchas de ellas acudieron al lugar del “delito” a tomarse fotos con los rayones de Bieber.

Para la muestra un botón: en mi clan familiar todos somos más bien “morochitos”, la pinta latina brilla y la colombianidad se refleja sin problema, sólo hay un tío, el tío mono y ojiazul. Bueno, pues en una ocasión tuvimos un almuerzo familiar y decidimos ir a un restaurante del barrio, nada del otro mundo. Llegamos y no había mesas disponibles, ya nos disponíamos a buscar otro lugar, cuando de repente el que parecía ser el dueño del lugar, se nos acerca, observa con detenimiento y admiración -¿admiración?- a mi tío y nos dice: “no se vayan, aquí se les atiende con gusto, más a nuestros visitantes norteamericanos”… Nosotros nos miramos con risa curiosa, y seguimos al amable dueño.

Sin más ni menos, le dijo a un señor que acaba de terminar el almuerzo y “reposaba” masticando un palillo y viendo las noticias “Señor, ¿sería tan amable de pararse y darle la mesa a la familia de nuestro visitante? El señor, de pinta más bien muy sencilla, no dijo nada, nos miró con rapidez y se fue.

Ese día tuvimos nuestro almuerzo y de paso nuestra carcajada familiar compartida, todo porque el amable dueño del restaurante nunca supo que mi tío es ecuatoriano, sí, de la frontera, de la tierrita indígena bien parecida a la nuestra. Es sólo que la genética juega como quiere y lo trajo al mundo así, con “pinta de gringo”. Ese día ratifiqué mi curiosidad por entender ese sentimiento de “alabanza” y horrible pleitesía que rendimos a todo lo que sea “mono, blanco y ojiclaro”. Fenómeno rarísimo.

Lo que resulta más preocupante además del arribismo nacional es que no hace menos de 1 año, fue asesinado en Bogotá Diego Becerra. Un joven de clase media que al igual que Justin, tomó sus ideas – Becerra seguramente sí tenía ideas- y pinturas y salió a pintar las paredes de un puente de la calle 116 con Boyacá, la única diferencia es que a él la Policía no lo acompañó, sino que le propinó dos balazos en la espalda.

La actividad de los grafiteros ha sido eternamente criminalizada, no sólo por las instituciones sino por algunos ciudadanos que reducen este tipo de manifestación artística al vandalismo o a las “ínfulas rebeldes” de los adolescentes.

Si lo que pasó con Justin hubiera pasado con Banksy o cualquier otro artista urbano de “talla mundial”, el tema hubiera sido igual de molesto y obligatoriamente cuestionable.

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Me imagino que este es uno de los padres de las beliebers, tomándose una foto con el grafiti internacional.

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