“En la mesa no se habla de política ni de religión”: Memorias de familia política

En la mesa no se habla de Familia

Por Pedro Rojas Oliveros.

Durante mucho tiempo soporté en la sombra del silencio y con los dientes apretados, cientos de miles de millones de reuniones con mis familiares (desde los más cercanos hasta esos que uno ve, escucha y dice “éste de dónde salió, no puede ser primo mío…”) en las que uno a uno fueron abordados los temas más candentes de la coyuntura nacional e internacional. Aunque al principio yo mismo cuestionaba el hecho de estar en constante y radical contradicción con las opiniones de mis consanguíneos  (“la sangre es más densa que el agua”), no podía evitar sonrojarme, tomar aire de manera entrecortada y a la primera de cambio y con voz temblorosa intentar sentar mi tímida posición.

Acusado tantas veces de “radical”, “pasional”, “poca fe”, “mamerto”, “iluso”, decidí o bien no asistir a los ágapes familiares o hacerlo con un especial voto de silencio como estandarte. No se trata de una cuestión de cobardía, al menos eso quiero creer. Además de un potentado de eufemismos, el mundo de hoy nos exige que para ser políticamente correctos debemos además de tolerar, “valorar” la opinión del otro, pero no precisamente con el ánimo de la discusión argumentada, sino en una especie de conversación entre sordos, donde nadie escucha a nadie, donde cada cual o espera su turno para hablar o interrumpe a bien tenga (seguramente dependiendo del tema) para postular SU opinión. Llevar la contraria, refutar, es visto cuando menos como una grosería, pues la mayoría de las veces la contradicción se toma a título personal (me odia a mí, no a mis argumentos).

Cansado de ese silencio políticamente correcto, cansado de “patear el tablero”, cansado de la cara y las muecas de la tía, la hermana, la mamá y la novia cuando ya no he resistido más y he abierto mi bocota, he decidido refugiarme en los callejones de este movimiento tan increíblemente genial y fantástico (que seguramente ni mi tía, ni mi hermana, ni mi mamá, ni mi novia caminarán) para compartir algunas ideas que cruzan por mi cabeza cada vez que se ponen sobre la mesa familiar (en medio de las alcaparras y la crema de leche) estos bocattos de la opinión.

Por eso durante una buena cantidad de años acumulé casi un centenar de servilletas a medio usar que me sirvieron de diario de campo cuaderno de notas para ir consignando las ideas de varios de mis familiares: la molestia de mi mamá y mi abuela por la manera en que los jóvenes de hoy asumen su sexualidad, la opinión de mis tíos sobre la mejor manera de acabar la guerra en Colombia, mi cuñado y su todopoderoso arsenal de soluciones para la economía nacional, mi suegra defendiendo por qué “la visita se hace en la sala”, entre otros, marcaron el derrotero de este inoficioso ejercicio.

A continuación, apenas expongo tres temas claves (bueno, al menos los más caspiaos), esos que nunca faltan en la mesa y que terminan cortando el sabor de cualquier ajiaco:

1. “Eso antes no era así”: El pasado, (¿)lugar(?) brumoso, ficticio, imaginario que se materializa a través del consumo generoso de aguardiente, wiski, cerveza y/o xanax (dependiendo del paciente) y acompañado casi siempre de  las notas (al menos en el caso colombiano) de canciones como (la híper depresiva) “Los caminos de la vida”, “Yo también tuve 20 años”, “El camino de la vida” (con su punteo metalero) y descripciones poco precisas  de ese (¿)lugar(?): antes se vivía mejor, se comía mejor, se bailaba mejor. La música de antes si era música, las mujeres de antes eran decentes y los hombres caballeros. La política era digna, el fútbol un arte y el país andaba mucho mejor. Desde luego, no pierde lugar la familia: siempre hay un familiar (tatatatatatatatarabuelo) muy importante, culto y millonario (en casos graves el pariente resulta siendo un importante patriota, héroe de guerra civil o prócer de la independencia) que perdió la fortuna de la familia por una mala mujer, un mal negocio o su bohemio estilo de vida.

Estas enseñanzas son del feudo de los mayores de la familia. Ojo, cuando usted se toma en serio eso de “todo tiempo pasado fue mejor” es un síntoma infalible de que está envejeciendo. No hay remedio.

No hay remedio

2. “Mire cómo en EEUU o en Europa sí pueden”: Enunciando (furiosamente) éste argumento aparecerá aquel miembro de la familia que ha logrado salir de Colombia (no es necesario haber vivido o vivir fuera del país. Un par de días lejos del terruño bastarán para ser fuente de autoridad). Aprendida quedó la lección hace mucho: Estos feudos son apenas una etapa anterior de otros avanzados y modernos. En otras latitudes se escriben las líneas del futuro y la salud de nuestras realidades apenas se mide de acuerdo a cómo estamos en comparación con esos avanzados. Por eso el familiar que viaja no es sólo un familiar que viaja, sino que se debe valorar como el mensajero y el arquitecto del progreso, contenedor de las estrategias para convertir este “vividero” en un lugar más que digno: lindo, cool, chick.

“Como no le dieron la visa para los Estados Unidos, el American dream se le hizo esquivo y armó su propio dream en Colombia, el Colombian dream”

“Como no le dieron la visa para los Estados Unidos, el American dream se le hizo esquivo y armó su propio dream en Colombia, el Colombian dream”

Los huecos, el transporte público, los centros comerciales (algunos, incluso, los llaman mall, sin sonrojarse), la actividad cultural, la gente… siempre tenemos algo que aprender, algo que mejorar, algo que copiar. La furia de quien defiende el argumento no reside específicamente en el malestar que le produce lo malo de aquí, sino en la frustración de estar aquí y no allá, lugar lejano que enreda y moja los sueños.

Casi siempre la intervención del familiar viene antecedida de estas dos frases: “Cuando yo viví (estuve) en _________” (inserte destino acá) o, lo que es mejor, a través de una presentación de otro familiar (casi siempre la mamá de quien hablará): “Cuente mijo, ¿cómo es que es allá?”. Al menos en Colombia, demostrar que se ha salido del país se convierte en un capital fundamental para la aceptación/reconocimiento social. Mucho más el familiar.

3. La falta de fe, o en su versión más siniestra “Eso le ocurre porque no tiene temor de Dios”: Una de las características ad infinitum de la familia colombiana es su carácter confesional (representado las más de las veces por el crucifijo encima de la cabecera de la cama, el cuadro de la Virgen –en cualquiera de sus 5mil versiones- y/o la oración pre ingesta de alimentos). Pese a los ingentes esfuerzos de la Regeneración decimonónica (y la labor contemporánea de sus esbirros mutantes) la fe de la nación colombiana no se concentra exclusivamente en la ortodoxia de la Iglesia Católica Apostólica y Romana, sino que el siglo XXI ha saludado al país del Sagrado Corazón de Jesús con una variopinta proliferación (o eclosión para los más rigurosos) de credos, cultos, iglesias, sectas y adaptaciones libres del Texto Sagrado (o alguna de sus partes). Ésta diferencia aquí se hace poco importante, lo que es seguro es que cualquiera que sea el camino de fe adoptado por las cabezas de familia, es toda una tradición obligación hacer gala de juiciosas prácticas religiosas ojalá a través de las enseñanzas parafraseadas de escritos sagrados. Pero el asunto no termina allí. Siempre es importante hacer un juicio moral sobre quienes no comparten la fe familiar. “Dios único y verdadero”, “esa gente del islam”, “los pobres que no tienen fe” o “cómo le va a ir bien, si es que no cree” sazonan las discusiones.

No puedo olvidar el genocidio medieval  la inquisición  No puedo olvidar el robo  y saqueo a los indios  el apoyo a fascistas  y su hipócrita ley que siempre cambia.

No puedo olvidar el genocidio medieval la inquisiciónNo puedo olvidar el robo

y saqueo a los indiosel apoyo a fascistas y su hipócrita ley que siempre cambia”.

Cuando usted se vea inmiscuido en éste tipo de discusiones, no se atormente, debe ser porque “Dios lo quiso así”.  Amen.

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