Apocalipsis

Por Paulina Candia Gajá.

¡Es una enfermedad! ¡Una infección! ¡Demencia y locura! , gritan en el pueblo. No existe alguien que entienda qué es lo que sucede con Don José. Algunos incluso sostienen que es el mismo demonio el que ha poseído su alma, nadie puede explicarse qué fuerza sobrenatural se ha apoderado de su espíritu y lo ha hecho inmune al dolor, a la pérdida.

Varias caravanas cargadas de flores y veladoras pasan por su casa dejándolas en la puerta de entrada. A excepción de algunos valientes, la mayoría de los habitantes del pueblo evitan tener contacto con Don José y su familia. Muchos de sus vecinos más cercanos han intentado hablar con él, pero éste contesta sus preguntas monosilábicamente, con la mirada perdida, con una apatía aterradora. Cuando los familiares y parientes cercanos salen de la casa después de dar sus condolencias, parecen haber estado en un Limbo donde el tiempo no pasa.

Don José ha sido testigo del asesinato de su hijo. Él sabe quién y cómo ha cometido semejante atrocidad. Sin embargo, no grita, no llora, aparentemente ni siquiera siente odio por el homicida. Si alguien lo viera desde lejos, podría pensar que Don José no tenía ningún tipo de apego con su hijo, que tal vez ni siquiera se conocieron.

Caminando por las calles polvorientas del pueblo, el que alguna vez fue padre de Alguien, mira los montes y vuelve a mostrarse pensativo. Su esposa tampoco ha derramado una lágrima, nadie en ese pueblo recuerda cómo llorar, cómo salir de la cotidianidad del horror.

Pueblo

Una tarde Raimundo Martínez, un joven médico perteneciente a aquel pueblo desolado, en un arranque de indignación e incomprensión, decide enfrentar de una vez por todas a Don José y buscar una cura a su posible enfermedad. Mientras camina hacia la casa de aquella familia, a Raimundo le sudan las manos, le tiemblan las piernas; no vaya a ser que aquello sea contagioso.  Toca a la puerta, y cuando la mujer de Don José lo invita a pasar, siente un inmenso calor en el pecho y la palpitación de su corazón en la garganta.

Se acomoda en una silla frente a la mesa y mira directamente a los ojos de Don José.

–          Don José, venía a ver cómo se siente.

–          Pues no sé, en este momento creo que no sabría decirle.

–          ¿Ha sentido mareos? ¿Ha tenido ganas de salir de su casa últimamente?

–          No.

–          Disculpe señor, pero es mi deber preguntarle ¿qué piensa hacer después de presenciar el asesinato de su hijo?

–          Nada.

–          ¿Cómo es posible que nada? Usted podría denunciar a la policía, ir a exigir justicia para su hijo, para usted, para su familia.

–          Perdóneme Doctor, pero no se de qué me está hablando. En este lugar desde hace mucho tiempo no existe eso que usted llama justicia, para tener eso se necesita mucho dinero. Aquí no queda nada ni nadie que pueda ayudarme.

–          Déjeme ayudarle Don José, tal vez usted se encuentre muy enfermo. Yo le puedo dar unos remedios para su enfermedad. Sólo dígame cómo se siente, porqué no le interesa buscar que le impongan un castigo al asesino de su hijo.

–          Yo le daré un velorio y entierro digno. En nuestra posición es lo único que se puede hacer.

Perturbado, Raimundo sale de la casa. Camina sin rumbo por las calles del pueblo, mira a los ojos a sus habitantes, él sabe que esa gente también está enferma, que ese pueblo carece de alma. En toda su práctica médica, nunca había presenciado una enfermedad de ese tipo. La gente no parece estar viva, son espectros caminando sin sentido, haciendo las cosas de manera autómata. A dos días del asesinato del hijo de Don José, todos parecen haber olvidado el incidente, de hecho, la vida continúa sin ningún cambio aparente.

Al llegar a su casa, el médico abre su libro de Medicina sin encontrar diagnóstico alguno que pueda explicar el comportamiento de Don José y el resto del pueblo. Lo que Raimundo no sabe, es que lo que sufre la gente no es una enfermedad infecciosa o algún hechizo, sino algo mucho más poderoso y demoledor: el pueblo sufre de desesperanza. De repente, el aire se vuelve espeso,  la angustia lo invade, no puede respirar, él sabe que una vez que el hombre ha llegado a vivir con esa resignación, ya no hay cura.

Fotos de Hugo Ramírez

(Fotos por Hugo Ramírez)

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