Democracia y racionalidad limitada: O porqué diablos Marx, Keynes y Hayek son tan parecidos

Por Freddy Cante.

“A los enemigos del sufragio universal no deja de sorprendernos el entusiasmo que despierta la elección de un puñado de incapaces por un acervo de incompetentes.”

“O el hombre tiene derechos, o el pueblo es soberano. La aseveración simultánea de dos tesis que se excluyen recíprocamente es lo que han llamado liberalismo.”

Nicolás Gómez Dávila

Esa quimera llamada orden social

Pese a las enormes diferencias ideológicas entre Marx, Keynes, y Hayek, los tres pensadores compartieron un común denominador: la ilusión de alcanzar un orden social… tan sólo se apartaron en cuestión de métodos. Marx supuso que a través de una ingeniería social una clase social elegida (por el destino histórico) podría construir un paraíso socialista en este mundo. Keynes asumió que por medio de una mano visible interventora, unos gobernantes visionarios, sapientes y bien intencionados podrían corregir las fallas del mercado. Hayek pensó que los mencionados pensadores padecían de una fatal pretensión de conocimiento, y arguyó que el mercado sería el computador social más formidable, capaz de coordinar ofertas y demandas y generar, a través de evolución (ensayo y error) un orden gracias a la articulación de un conocimiento disperso en la sociedad (cada ser humano es una variable con información específica de tiempo y de lugar).

En este artículo se sostendrá que individuos y colectividades, seres sapientes y burdos ignaros, padecemos de racionalidad limitada y, por ende, el orden social es apenas una ilusión… las sociedades son dramáticamente imperfectas.

Antes de continuar me anticipo a la lluvia inclemente de críticas para anunciar que tampoco sueño con una racionalidad perfecta y que los sueños de la razón producen monstruos… como bien lo ilustró el irreverente pintor Goya.

John Rawls…un maestro de la ciencia ficción

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El recordado autor de best sellers como Una teoría de la justicia, y Liberalismo político, trató de idear una sociedad bien ordenada en la que fuese conciliada la libertad individual (los derechos) con la soberanía popular (la democracia)… ¡y lo logró!

El pequeño problema es que su versión de una justicia trascendente y perfecta habría que clasificarla no como una obra mundana (de derecho o economía), sino más bien como una obra de ciencia ficción. No hay que olvidar que su versión de una sociedad bien ordenada sería el fruto de unas reglas del juego (tan amplias y generales que permiten articular la defensa para los peor situados con la despiadada competencia mercantil). Además tal orden sería elegido por individuos abstractos, habitantes de un limbo llamado posición original, con un gran velo de incertidumbre e ignorancia… unos seres que ignoran su futuro en materia de raza, género, estatura, clase social, creencias religiosas, ideologías políticas, etc.

La racionalidad limitada

Por racionalidad limitada (término acuñado por el economista Herbert Simon),  me referiré a una importante restricción en el conocimiento humano, caracterizada por: i) un acceso a información incompleta, fragmentada y desactualizada sobre cualquier tema crucial de la vida … por más que pensemos, en verdad, estamos rezagados del tiempo debido a la incertidumbre; ii) una pobre capacidad para acopiar, procesar y entender la poca información que nos llega … nos equivocamos, nos distraemos, y caemos en múltiples equivocaciones; iii) un anclaje en nuestros propios prejuicios, sesgos, y conveniencias que contribuye a una importante deformación de la poca información a la que podemos acceder … nuestro conocimiento es subjetivo y caprichoso.

Algunos pesimistas como Jon Elster en su libro sobre las uvas verdes (Elster, 1983), han mostrado que lo racional está distante de lo verdadero y aún de lo bueno (o moralmente correcto). Es decir, existen preferencias falsas (distantes de la verdad) y preferencias inmorales (malevolencia, codicia, envidia, etc.).

Tres clases de conocimiento

El conocimiento es similar a las luchas políticas. Una famosa frase de Bertolt Brecht sintetiza la persistencia de los buenos luchadores políticos así: Hay hombres que luchan un día y son buenos. Hay otros que luchan un año y son mejores. Hay otros que luchan muchos años y son muy buenos. Pero hay quienes luchan toda la vida, esos son imprescindibles.

Una odiosa comparación interpersonal (atrevida e impertinente como resulta inevitable), puede llevar a constatar lo siguiente, en materia de la lucha por acceder al conocimiento:

Hay estudiantes que estudian un día y son buenos… su conocimiento es apenas suficiente para memorizar una respuesta, tan efímero como una grabación que se autodestruye en pocos minutos, y tan pobre como los 140 caracteres de un twitter.

Hay estudiantes que estudian uno o varios semestres, y son mejores… hacen bien las planas, recitan los libros de texto, y acreditan la información suficiente para cumplir funciones (como exitosos funcionarios públicos o privados) o repetir fielmente el libreto que les exigen las convenciones y roles sociales… sus conocimientos suelen ser tan limitados que caben en un primitivo diskette (¡ni tan siquiera en un CD, o en una USB!).

Hay estudiantes que estudian toda la vida y, no son los imprescindibles… justamente por los límites individuales y colectivos del conocimiento. No obstante, a los más honestos de este grupo los salva la humildad socrática: reconocer su franca ignorancia, dudar permanentemente, mantener un insomne espíritu inquisitivo y luchar cada día contra los pedantes y mandamases.

Una clasificación del trabajo

En su oda al ocio, Bertrand Russell (In Praise of Idleness) mostró que la educación nos permite a esos vagos que nos desempeñamos en los roles de estudiantes y profesores una ociosidad reflexiva, un precioso tiempo para ejercer crítica argumentada, un resquicio para construir saber no servil a determinados intereses.

A partir de su planteamiento se puede sugerir la siguiente clasificación del trabajo:

I) El trabajo legítimo es de orden material (transformar la posición o el estado de diversas clases de materia); e intelectual (producir nuevo conocimiento o difundir el existente) para mejorar el trabajo material y, además,  para contribuir a la mejora de las sociedades en materia de relaciones sociales y de organización … para resolver problemas atinentes al imperfecto orden social);

II) El pseudotrabajo es el de aquellos que mediante estratagemas de la política (hombres de Estado, militares, administradores y burócratas), o de mercado (organizaciones empresariales, comerciales y financieras) gobiernan a los trabajadores y, parasitariamente, amasan fortunas privadas gracias a lo que captan del trabajo ajeno; en esta dimensión también entran los asesores que aconsejan a los que mandan (los serviles intelectuales) y los políticos (inventores de partidos y de estados de opinión). El trabajo desmedido y sin actividad de reflexión conduce a una moral de esclavos.

El ocio reflexivo permite la libertad para estudiar los problemas, examinar las diversas alternativas de solución, publicar los hallazgos en busca de críticas y nuevos aportes, sin la premura (mezquindad de tiempo) y sin la servidumbre de quienes están obligados a dar respuestas en el corto plazo y en función de ciertos intereses políticos o económicos. Si muchos de los egresados están condenados a trabajar y dar respuestas en el muy corto plazo, al menos deberían gozar la mayor libertad de tiempo y ocio reflexivo en las Universidades.

Tristemente se resalta el hecho de que el orden social es dramáticamente imperfecto pues los tomadores de decisiones son aquellos que estudian muy poco (un día… o unos semestres) y con sus eslóganes, consignas, manuales de funciones, libretos de buen comportamiento… y demás simplezas y caprichos… gobiernan el mundo.

 

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