Guaguancó Triste

Por Ana M. Parra Borda.

Es difícil sentarme a escribir, quizá porque estoy acostumbrada a hacerlo recorriendo siempre una línea vertical que tiene que seguir un orden, unos conectores específicos -que a menudo no sé utilizar-, una frivolidad que supuestamente me acostumbra a “tomar distancia”. Sin embargo daré espacio a la experimentación, a pesar de que el argumento de autoridad hasta hoy me atraviesa.

Quebré mi horario aquel sábado de agosto, entré a la fiesta del Flaco Flores por la noche. Fue, como ven, un rumbo sencillo, pero de consecuencias extraordinarias. Una de ellas es que ahora esté yo aquí, segura, en esta perdedera nocturna desde donde narro, desclasada, despojada de las malas costumbres con las que crecí. Sé, no me queda la menor duda, que yo voy a servir de ejemplo.” “Felicidad y paz en mi tierra.”  Coro del guaguancó triste de Ricardo Ray y Bobby Cruz, con el que María del Carmen Huerta transita el reverso del tedio, la infelicidad y la tristeza a través de noches, hasta entonces lejanas, en las que siempre está de frente al abismo.

María del Carmen anuncia no sólo la velocidad de su narración sino el aturdimiento de amanecer mirando afuera a través de las venecianas. No importa si está vencida por sus buenas costumbres o si está deslumbrada por el estrepitoso rumbo de la noche. La rapidez desbordante con que se hace nochera, fanática de la noche, es un poco más que el gesto de asomarse al abismo y lanzarse. Podría suceder que se lanzara como Mariangela desde el edificio de Telecom o que sus noches fuesen solo aniquilamiento como las del pobre Ricardo. Ambos sometidos a un devenir que paradójicamente anticipaba que de allí no saldría nada.

María del Carmen transita sobre una línea de incertidumbre inmersa en noches de exceso, donde el tedio no se agota en la tristeza ni en la infelicidad, sino en la posibilidad de irse enterando de que aún se tiene la vida. Así nos anuncia la noticia, y a través de su historia nos expone esa posibilidad de vivir sometiéndose al “avance y la reversa”.

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Con su proceso de amanecida se hace a una historia menos programada, más bien permanentemente expuesta a contingencias. Sus noches no están hechas de ebriedad muerta. Se trata más bien de un gesto en el que se esta siempre cuestionando y sacudiendo el tedio a través de una apertura a lo que probablemente traiga la noche y a lo que posiblemente se pueda ser con ella. María del Carmen no se deja abatir por la noche. Se deja sacudir. La ha gozado, la ha controlado y ya teniéndola rendida… se la ha bebido toda.

Los malos modales que le servirán de ejemplo le han hecho perder “la chicharra del escrúpulo, que al fin y al cabo no es lo mismo que muerde al otro día, el horrible sentimiento mañanero”. ¿El sentimiento aborrecedor que sigue a una noche que en sentido estricto ha olvidado el escrúpulo, la regla, y se ha vuelto puro rock and roll? O ¿el sentimiento de que ya la mañana no nos traerá una vida de intensidad? ¿El de la culpa o el que nos anuncia que el carnaval se nos acaba? No hay que “ponerse en su lugar” para intentar dar respuestas, ella misma lo anuncia: “no es un proceso corriente tener que acostumbrarse a una noche que siempre llega así, siempre excepcional.” Rumbos sencillos de consecuencias extraordinarias, excepcionales… que al fin y al cabo se han vuelto diarios sin que por ello deje de ser incierta su búsqueda, ni sin que desaparezca el sentimiento mañanero que no hace más que anunciar el fracaso de sus noches de rock and roll con la única precisión de que no hay ninguna razón para arrepentirse.

La vitalidad del personaje esta marcada con esa velocidad que no da lugar a la espera, basta solo el silencio y la quietud en la última fiesta de rock a la que María del Carmen asiste para considerar que ese escenario ha devenido en una flecha de punta roma:

¿Por qué no se van a dormir? Gente rendida.

Su fuerza no soporta un proceso de amanecida sin intensidad, sin volumen. Desdeñando la situación actual, ella se hace a un mundo que sin embargo rebosa las reglas que la sociedad le ha permitido. Quizá esta sea la ruptura que allá a lo lejos le trae un pregón.

 

 

 

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