ESPERAR

Por Marcela Zendejas.

La pobreza es una cosa. Eso ya es por bien sabido. Pero la pobreza combinada con enfermedad son dos ingredientes de una receta mortal. Esto es algo muy sentido acá en el sur. Pareciera como si la cura a las enfermedades no existiera de este lado. A decir verdad; no existen por acá.

Y si es que existen ¿Donde están? ¿Dónde las puede uno encontrar? ¿Qué hay que hacer para poder verlas, para poder conseguirlas? Por acá, no se ven. Ni con los anteojos de cristales recién limpiados, ni en el amanecer más claro, ni tampoco después de haber recibido el último pago del “oportunidades”.

¿Y todas esas medicinas que se anuncian por la televisión?

Dicen que ya hasta para el cáncer hay cura. Dicen también que la diabetes puede ser controlada y que no es mortal. ¡Que cosas tan raras! Me faltan dedos para contar las personas del pueblo que han muerto a causa de diabetes en los últimos 2 años.

Cuando el pobre enferma no tiene muchas opciones. La mayoría tiene de dos: acudir al centro de salud del pueblo, donde es casi seguro que el médico habrá puesto el letrero de costumbre: “salí a comer” y  después está la otra: esperar.

¿Qué pasa cuando los más en este país viven en pobreza, marginados, olvidados?

No hace falta nombrar porcentajes o citar la última cifra oficial de los censos. Lo que hace falta es abrir los ojos. En México la mayoría vive mal y luego está el resto que vive peor. Ésta, aunque ignorada, aunque calculadamente puesta a un lado, es NUESTRA realidad. Para corroborar se necesita de una simple instrucción: Abrir los ojos.

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Con una mano sosteniendo su pesada cara la guardia del hospital no deja de mover el pie que se asoma debajo del escritorio. Su mirada está fija hacia la puerta de cristal que no ha dejado de ser empujada por los pacientes del Centro de Oncología y Radioterapia de la ciudad de Oaxaca.

De pronto la sala se va ocupando casi en su totalidad y a penas son las 8:13 a.m. Señoras de trenzas interminables y faldas danzantes y multicolores arrastran el piso recién trapeado por una señorita de ojos tristes cuyo nombre no ha sido jamás mencionado en este lugar.

     EEEESPERAR

En el fondo se escucha la entrevista de Carlos Loret de Mola con Agustín Carstens; en ese entonces Secretario de Hacienda y Crédito Público, personaje que con singular vehemencia presume la estabilidad económica del país afirmando que somos una de las naciones más prometedoras de todo el planeta; “México se encuentra en buenas condiciones tanto micro como macro-económicamente”.

¡Que suerte la nuestra!

     ESPPPPERAR

— “Ya pasa de las ocho ¿verda?”

——      “Si ya…. dice ahí mire…. Son a las ochocuarentaidos”

— “Yo me vine caminando desde la central fletera, porque el carro cobra a treinta peso asta acá”.

——      “Si pues… Ta caro andar en carro”.

— “Pero ya ve… aquí estamos todos y el dotor no ha llegado”

——      “¿De donde mero viene uste?

— “De Santa María Petapa vengo yo…. Retirado esta mi tierra.”

——      “Petapa…. A pus esta cercas de mi pueblo. Yo soy de colonia cuauhtemo, de ahí ‘onta Matía Romero adelantito hacia el uxpanapa”

— Aaaa mire… vinimos de donde mismo entonces verda?

    ESSSSPERAR

Empleos para todos y mano dura contra la delincuencia y el narco. Esas son las dos promesas del presidente Calderón”. En la tele sigue sentado el Sr. Secretario, ahora Gobernador del Banco de México, emitiendo una y otra vez las palabras “empleo” y “mano dura”. A veces una antes que la otra y en otras ocasiones al revés. Casi no cabe en la silla. Su masa corporal personifica de manera perfecta la paradoja en el que se hunde este país que él maneja y que con tanta seguridad dice conocer.

Están emitiendo el noticiero desde la bahía de Acapulco. Se puede ver el mar y hasta escuchar las olas.

ESPERRRRAR

Difícil es dejar de pensar que las personas que están ahora sentadas en estas sillas azules, que son distintivamente incómodas, tienen una característica en común; algo dentro que crece y se reproduce a escondidas y en el más súbito de los silencios. Algo anda mal en su interior.

Y algo más. Todos esperan.

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——     “¿Cáncer? Caaan – ceeer.  ¿Y eso que es dotorsito?”

Trabajo le costó siquiera comenzar a entender “eso” que le dicen que tiene dentro. Repetía y repetía esa palabra tan ajena a ella y a todo lo que abarca su mundo. Palabra desconocida por allá en su mente. La repetía como para acostumbrarse a ella. Después de todo; “eso” era ya parte de ella y estaba ya, aunque difícil de creer, en sus adentros. Esa palabra desconocida por allá en su mente, pero sintiendo ya su tierra. Palabra ajena a su alma, que aunque en cuerpo distante, nunca dejó su tierra.

Hoy, después de varias idas y venidas desde su lejana tierra para recibir la famosa “quimia” en el Hospital de Oncología y Radioterapia de Oaxaca, le explica a la señora que tiene sentada a su lado desde hace un rato. Sentadas casi hombro con hombro desde hace 67 minutos:

— “yo la purita verda ya llevo viniendo 2 veces y no entiendo eso que dicen aquí que del cáncer, ¿creera uste tía?”

——     “Uuu si. Ésta mala enfermeda es difícil de entender pues. Uno que ya la lleva conociendo desde hace ratos apenas la empieza a entender. Fíjese tía, que esto es como la semilla mala que está ahí enraizada en la tierra buena, y lo malo es que esa semillita es pero bien peligrosa, la canija germina con tanta fuerza que luego en veces retoña como monte de selva. Así me pasó a mi”.

Ella lo dijo todo. Y por fin y como nadie, entendió, después de tanto tiempo de dudas y remedios a esa su canija enemiga.

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De pronto se congela el tiempo. Ya no corre el segundero ni se escuchan más los golpecitos molestos de la guardia amodorrada del escritorio.

La espera se transforma en estática en el aire combinada con palabras a medio decir y malestares distintos y distantes. Como una gran nube flota todo en el aire revuelto con sonidos difusos de la televisión e instrucciones a regañadientes de la secretaria en turno. La escena se vislumbra ahora como una pintura.

¿Quiénes son los enfermos en este lugar? Esa es la pregunta que exhala esta irónica escena.

México sufre, como todos en esta sala, de una enfermedad mortal. Una enfermedad cuyos síntomas comienzan con una hemorragia de campesinos huyendo al norte en busca de oportunidades y fuera de su tierra, lejos de su familia. Fuera de su tierra por que les prohíbe cualquier tipo de oportunidad, fuera de un país que los expulsa porque los mandamases que ocupan las curules piensan que no es “rentable” apostarle al campo en México.

A esta hemorragia le sigue una epidemia de personas muriendo a falta de servicios básicos de salud en las comunidades marginadas del sur. Niños muriendo a causa de una diarrea, madres muriendo en el trabajo de parto, padres muriendo de una mordedura de culebra en la parcela.

Se acentúan los síntomas con la nausea de aquellos que prefieren ignorar la realidad del país, nausea de la indiferencia de aquellos que gozan la paradoja de una vida rodeada de lujos innecesarios, personas causantes  del síndrome irreversible  del “materialismo histérico”. Aquellos que se cubren los oídos y los ojos y esconden dentro del puño de sus manos a su corazón y siguen como si nada, son los que de manera inminente ponen en riesgo al país de una apoplejía fulminante.

A quien le hace falta un remedio urgente es a México y a todos los que estamos dentro. Hace falta un remedio que como veneno mate tanto bueno como malo y se inyecte de manera urgente por intravenosa en las arterias de la nación.

A México le hace falta una quimioterapia.

¿Qué pasa en un país en donde los políticos se dirigen discursos entre ellos mismos, los funcionarios no funcionan y la democracia se reduce a votar por “el menos peor”?

¿Qué pasa en un país en donde la mayoría está sistemáticamente fuera del proyecto de nación de cualquiera de los cuatro candidatos a la presidencia de México?

¿A quién desarrolla el desarrollo que presumen Carstens, Calderón y toda la bancada gobernante en este país?

Este mal se expande día a día, crece, se reproduce y ya no tan en silencio. Los síntomas son claros, el diagnóstico lo puede corroborar cualquiera. Descubrirnos los ojos y los oídos. Dejar al corazón latir, sentir. Hacer. Como toda enfermedad mortal el después ya es demasiado tarde.

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A las 9:26 de la mañana se oyó su nombre retumbar por toda la sala.

——     Si… Aquí estoy. Esa soy yo, Coinda.

Ese es el nombre que se escuchó en una sala de espera fría como la de cualquier hospital.

Coinda fue una mujer Ceiba. Una mujer montaña. La tierra la llevaba enterrada en sus uñas, su tierra enterrada en sus recuerdos. Con sus manos, Coinda trabajó la tierra durante 85 laaaargos años. Primero la que fue suya y sólo suya, después la que ya no podía ni llamar suya. “Tierra emprestada” decía ella, mientras lanzaba unos maíces a sus dos guajolotas. Las únicas que al final la verían morir.

Coinda, hablaba a través de unos profundos pero sabios ojos tristes. Trenzaba palabras con los hilos de una lengua dulce proveniente de la sierra zapoteca de Oaxaca en el sureste mexicano. Hablaba de cómo era la vida de los “sufridores” en aquellas tierras;  La vida de su madre y la madre de ella y la madre de ella.

——     “Todos somos y seremos sufridores por acá, nosotros los de antes, los que dejamos nuestras tierras buscando mejor vida y ahora mis nietos yéndose todos pal norte”.

A Coinda, la mujer Ceiba, la mujer montaña, la derrumbo una enfermedad que nunca pudo siquiera pronunciar. Aquella montaña, aquella Ceiba…  un día, se desplomó.

La vi por última vez recostada en su hamaca morada. Morada como el color de la nostalgia que emanaba en cada suspiro y que impregnaba las paredes de tabla de madera de  su casa.

Ella, era Coinda,

—- “Sáquese guajolota…  sáquese de aquí. Hoy no te doy maíz porque no me pusiste ni un solo huevo”.

—-“Hay tu pobre de mi guajolota. Qué tal si el cuervo se comió el huevito que pones todas las mañanas. Si. Porque el pájaro es listo, sabe donde está y va y se lo come antes de que mis cansadas piernas me lleven al nido. Ya estoy yo vieja para ganarle al pájaro. Mejor si te doy tu maíz guajolota. Tortilla y sal hoy, pa’ mañana el huevo”.

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