Cómo salvarse de una mordida de serpiente

Por Hugo Ramírez.

Gritó muy fuerte: ‘¡Carajo, me mordió!’, volví la mirada para ver qué pasaba y sólo alcancé a ver una cola verde que se metía al monte.

¿Ahora qué hacemos?

– No más tienes que acompañarme hasta abajo, vamos a que me mande a secretiar ya mismito.

– ¿Y por qué no nos vamos al hospital? 

– Porque es muy caro.

– ¡Yo te lo pago!

– Además no es para tanto.

– ¿Y si vamos a donde los cubanos?

– Está muy lleno de colombianos y te digo que no es para tanto. Ya estaría muerta si fuera algo serio.

Quien más sudaba del susto era yo. Cojeando, ella misma llegó caminando hasta un ranchito en uno de los barrios a la entrada de San Antonio, mientras recorremos las calles de barro con una calma terrible me intenta convencer de que es algo normal y que en realidad no tengo porqué preocuparme. En la puerta, primero saluda a las niñas y las felicita por lo arregladitas y bonitas que están, luego pide que llamen a su abuelo quien nos hizo entrar de inmediato al ver la herida.

El viejo de piel tostada por el sol y olor a hierbas con aguardiente la sentó en la cama y con la concentración de un cirujano comenzó el tratamiento. Rezó unas plegarias muy bajo (como en secreto) y hacia pequeños intervalos para preguntar con la seriedad de un especialista, y continuar secreteando:

– ¿Y cuál era el color de la serpiente?

– Dígame el lugar del camino….

– ¿Cuál es tu nombre completico?

Toma el liquido café que guarda dentro de una botella de aguardiente, pasa un poco, lo mezcla en su boca y lo escupe sobre la herida. Luego le dice:

–  Ahora si el señor todo poderoso la protege. Tiene que pasarse por aquí mañana en la tarde para que le rece otra vez, ponga el pie bien en lo alto, en la cabecera de la cama o una mesa, y hágame el favor y tenga más cuidado cuando camine por el rastrojo, mucho más ahorita que las culebras se vinieron pal barrio con tanto monte que están quitando. Las culebras no tienen la culpa de lo que hacen las personas, para ellas sería mejor no verlo a uno nunca.

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Salimos y la acompaño a su casa insistiendo que es mejor que pasemos por el puesto de médicos cubanos que la atiende gratis, le explico que siempre es bueno rezar pero es mejor curar. Me da un no rotundo.

¿Nos vamos para el médico?

– No. Yo me regreso para la casa a poner la pierna arriba. Sólo hasta mañana me puedo mandar a rezar otra vez, por que eso sólo es una vez por día y no se puede tampoco todo los días como violín prestado.

– ¿Tu eres cristiana o católica? 

– Soy católica, apostólica y romana. Es que Dios es muy grande, todo esto es el poder de Cristo para que te des cuenta.

– ¿Y cuánto te costó?

-No cuesta nada, aunque uno siempre le da una atención después. Puede ser una botellita de aceite, un poquito de arroz, si tu no quieres darle nada, pues no le das, pero eso si rezas por él que tiene el poder sanador de nuestro señor Jesucristo. Hay unos que si cobran, pero él es muy devoto y todo el mundo lo conoce hace tiempo.

Paso muy temprano al otro día por su casa desconfiando de los resultados del tratamiento, ella sale sonriente a abrirme la puerta, mientras nos prepara un desayuno a mi y a sus niñas se ríe y me dice: “esa culebra ayer casi nos mata de un susto a los dos”. Veo la herida en su pierna y no puedo pensar nada más que en cómo durante años y años las personas que habitan las zonas apartadas del supuesto “proyecto civilizador” de la nación se las han arreglado para sobrevivir sin médicos, sin pastillas, pero también sin agua, sin luz, sin seguridad, y por qué no: hasta sin Estado.

REZAR, CURAR Y CREER: LA TRADICIÓN DE VIVIR

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La salud de los pobres ha sido siempre un milagro. Rezanderos, sobanderos, curanderos, curiosos, yerbateros, componedores y demás personas con dones especiales han estado (y están) presentes en todos los pueblos de Colombia y Venezuela curando el cuerpo, ¿y por qué no el alma?, mucho antes de la llegada de homeópatas, aromaterapistas, maestros yogi, acupunturistas y muchos otros tipos de curar alternativos (curiosamente estos últimos si bien vistos tanto por su carácter foráneo como por la clase social de quienes los frecuentan).

Es increíble como para quienes creen que hay una enfermedad llamada “stress” que les persigue y hace imposibles sus vidas, reconocer la existencia de enfermedades como el “Mal de Ojo”, el “Empacho”, el “Descuajarse”, el “Mal de Arco”, o la “Culebrilla”, puede parecerles algo retrograda y sin sentido. Lo cierto es que mediante esta y otra serie de violencias simbólicas se le niega al pobre la posibilidad de interpretar su enfermedad y por que no: Curarla. Como dice Galeano: “No son, aunque sean. No hablan idiomas, sino dialectos. No hacen arte, sino artesanía. No practican cultura, sino folklore”.

Pese a esta aparente occidentalización y triunfo de la “ciencia” hoy sigue siendo normal en el pueblo que cuando un médico no logra encontrar las causas de una enfermedad, por precaución, decida también recomendar a sus pacientes que se manden a rezar.

A lo largo de mi estadía en la frontera me encontré con casos y casos de curas, milagros y tratamientos donde la fe era siempre la protagonista de las historias. ¿Acaso no es fe lo que le tenemos a los rayos x, las aspirinas  y el viagra?

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En el municipio de Pedro María Ureña, meses después del susto de la serpiente, un colombiano que huye de la violencia en Colombia, me contaba cómo su esposa se salvó del cáncer:

– En el momento no tengo a mi hija estudiando, usted sabe que pa’ todo es plata, la mamá estuvo enferma, tuvo un cáncer, tuvimos muchas dificultades, pero gracias al Señor pues se consiguió un tratamiento y ya está bien, ya prácticamente está sana del cáncer. Sólo no pudo volver a comer comida de la que nosotros siempre comemos pero está bien ya.

– ¿En dónde trataron el cáncer de su esposa?

– Primero en Cúcuta se lo trataron, no mucho tiempo, porque nos vinimos para acá y ya prácticamente se le consiguió aquí el otro tratamiento con un hermano de la iglesia, él está en un pueblito aquí, más allá de San Cristóbal, en El Nula. Entonces ya con él conseguimos la fórmula.

– ¿Y cómo fue ese tratamiento?

– Mira que no fue de cuestión de darle sólo yerbas, sino de rezar, pero también de cambiar la alimentación, porque el cáncer no tiene cura en sí sino se cambia la alimentación, es necesario cambiar la alimentación, porque resulta que el cáncer no es una enfermedad, cómo qué le digo yo, como la tuberculosis, o como una gripe o como una infección, así que sea, no. El cáncer es una enfermedad que el mismo cuerpo lo reproduce, entonces, a través de cambiar la alimentación, dejar la grasa, dejar la leche, dejar la carne, dejar el azúcar, dejar los huevos, toda aquella alimentación que lo que hace es alterar las células amigas. Estas se van empezando a reproducir, el cuerpo es un reproductor de células, entonces va empezando a reproducir células nuevas, poco a poco las células viejas van muriendo y van surgiendo células nuevas. Ahí resulta el momento de que el cuerpo queda sano.

– Y después de todo eso, ¿su esposa volvió al médico?

– Sí e inclusive el médico quedó asombrado, dijo que raro que usted con un tratamiento como el que le di, que no lo cumplió, no lo acabó, porque las quimios al fin no se le hicieron… dijo: ‘no tiene nada, usted está sana’. Nosotros le llevamos las inyecciones de estas que tenemos… Estas son para el cáncer, estas son unas inyecciones que a ella le tocaba aplicarse cada mes según el médico, pero no se le aplicaron porque nosotros creímos en lo naturista. Creímos en el cambio de alimentación. Esto en Colombia creo que vale como 720.000 pesos, cada ampolla, era mensualmente una, el seguro las daba, pero resulta que las quimios van a dominar las células malas pero también domina las células buenas, entonces, en cierta forma lo que van es a prolongar tantico el nivel de vida del paciente pero el paciente muere de cáncer, como le digo: no hay cura para eso.

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– ¿Entonces nunca le dio la quimioterapia?

– No se le dieron. Yo se las lleve al médico, eran varias, yo se las llevé al médico en una bolsa y le dije: ‘vea doctor, a nosotros, cuando usted me dio esto ella estaba sana’, le dije, ‘vea doctor, ella se sanó fue a través de un tratamiento naturista y la voluntad de Dios que quiso que ella fuera sana. ¿Cómo así que usted no la sano? no doctor… aquí está todo lo que me dio’. Ella cuando venía le enviaban las quimios para que se las aplicaran, yo sé que era de muy buena manera y de muy buena intención, pero nosotros nos apegamos del rezo y la mano del Señor, y de esa forma conseguí fue la victoria, porque hoy en día está sana. Ella la operaron sí, y le quitaron el seno izquierdo, le quitaron los ganglios, ¿cómo es que se llama toda esta parte de aquí…? A ella le quitaron cinco kilos de carne, yo lo llevé a la patología, al examen. El médico y el especialista me decían que ella no volvía, que el brazo no le volvía a servir, pero mire que la misericordia de Dios es muy grande, el poder de Dios es muy grande. Mira que el brazo le quedó bueno, ella hace sus ejercicios, hace sus masajes bien, y la fuerza no la perdió. 

– Ah, ¿es que ella hace masajes?

– Sí, ella va por allá por las finquitas y hace masajes para ayudarse para el asunto de la comida, porque la comida de ella es cara, aquí por lo menos, como todo eso si es traído de Cúcuta, aquí todo eso es carísimo.

Los usos del Secreteo en la zona van mucho más allá de los usos medicinales, además, como en este y otros casos se mezclan con una gran cantidad de creencias, todas ciencias de lo práctico con efectos inmediatos sobre los problemas de las personas.

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Un conjunto muy complejo de sincretismos cuida propiedades (casas, huertas, locales, carros, motos, etc.), espanta animales del camino, resguarda y sana a los animales domésticos, ayuda a los borrachos a regresar sanos y salvos a sus casas, hace a las mujeres más bonitas, cuida a los maleteros (personas que cruzan mercancía en sus hombros por el rio que divide a Colombia y Venezuela) y le sirve también a paramilitares y guerrilleros para cuidarse de las balas. Ya en otra de las invasiones de San Antonio, una pareja de colombianos me contaba:

– A la niña la tengo que mandar a secretear seguido porque hay alguien que me la persigue.

– ¿Y quien es?

– Un espíritu, ella dice que siente como la agarra, como siempre va por la sombra mirándola y hasta que quiere agarrarla, ahí es cuando de repente y sin decir nada se cae, se le van las luces.

– ¿Qué dicen los médicos?

– No le han dado con el chiste. Pero mi compadre me dijo que de seguro es que ella se metió con las cosas de alguien y le mandaron a ese hombre que la persigue. Por aquí todo el mundo es muy envidioso.

El Rezo y el Secreteo en el Táchira es una tradición viva y fuerte. Mi abuelo me dijo muchas veces: “no hay que creer en brujas, pero de que las hay, las hay”. Prefiero creer en los médicos, el problema es que de esos si que por mucho lugar no hay.

– ¡Esto es un milagro!

– No, es un rezo. Es un rezo por que los milagros por aquí no existen.

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