Sobreviviente al muerto que me nombra

Por Heriberto Paredes Coronel.

Yo me suicidaré una noche por costumbre

sobreviviente al filo de tu sombra,

sobreviviente al muerto que me nombra

homicida al faro que me alumbre.

Damaris Calderón

Nuevamente la hoja en blanco, la constante pelea por romper ese muro se multiplica justo ahora, el peor de los momentos, bajo una noche lluviosa como tantas otras, como si el tiempo no avanzara. Ruido de autos entrando por las ventanas, la olla donde hierve el agua para el café despide un ruido que inunda el ambiente de pronto, pasos suenan en el techo, los vecinos no dejan de caminar en su departamento toda la noche, todo parece un caos sin remedio, sin solución. Y la hoja sigue en blanco, retadora, desafiante, irreverente.

Aún es difícil saber si la siguiente parte de la escena continuará en este primer plano o si veremos algo más, pistas que se encuentran ocultas a nuestros ojos en este vistazo inicial al instante en que un hombre se enfrenta a sí mismo y no sabe cómo reaccionar.

Él siempre se mantuvo atento su propio comportamiento, midiendo cada movimiento para no cometer tantos errores, las palabras dichas durante años eran largamente reflexionadas en su interior; aunque en ocasiones le fue imposible continuar con tal cautela y escupía frases incoherentes o simplemente demasiado duras. Las cosas no siempre iban como él pensaba pero eso no fue motivo para evitar nadar contra corriente, para disfrutar con delicia los instantes más ínfimos del día y las largas horas de la noche.

Al salir de la universidad tuvo claro que no podía seguir dando tumbos toda su vida, pasar los días en transportes públicos y protegiéndose de la lluvia con periódicos y cartones; decidió entonces que el siguiente paso, como un gato celoso de sí mismo, debería ser definitivo, contundente, una sacudida que pusiera fin a tanto desperdicio. Por aquellos días el país se tambaleaba en la cuerda floja, sin tregua se iba despedazando y los restos parecían no sostenerse por mucho tiempo, así que todo parecía encajar, las calles grises y húmedas pobladas de olores amargos que penetraban irremediablemente, un estruendo como el de esta noche en que la hoja se impone blanca y desafiante, la intranquilidad de saberse en la mira y no poder escapar.

Los días que siguieron a esa revelación estuvieron cargados de preparativos, de despedidas, de rupturas aparentes, como si alguien pudiera verdaderamente romper con su pasado y tirarlo en un contenedor de basura, días de dar explicaciones y de al mismo tiempo no perder detalles de qué pasos tenía que dar para convertirse definitivamente en su sombra, nunca más ser uno entre la multitud desesperada bajo las tormentas, ahora sería parte de la lluvia, una presencia que se sabe cierta pero que al mismo tiempo causa miedo; decidió desaparecer para volverse visible en la sombra que perturba aquellas noches en que salimos tarde del trabajo y caminamos atemorizados por calles destruidas, visible en el confort de saber que algunos insurgentes sin rostro han muerto por ideales que nos hubiera gustado defender; la decisión era definitiva.

Cuando la gente avisada de este aparente viaje al extranjero con motivos académicos, con la aparente compañía de alguien que lo cautivó poco tiempo antes, bajo esa espesa capa de humo que es la discreción forzada y sin más por hacer, tomó su maletín, emprendió el camino que lo llevaría sin duda a cuestionarse más de una vez el rumbo escogido, pero también sería el camino que lo llevaría a darse como respuesta una realidad contundente: no tenía absolutamente nada que perder; su vida antes de este frenesí no era algo excepcional, es decir, hasta este momento había concluido una serie de estudios que tuvieron como resultado concreto la definitiva necesidad de reconstruirse sin algunos vicios, sus padres aprendieron por fin a convivir y no era necesario que él permaneciera a su lado:  la soledad que lo consumía noche tras noche era razón suficiente para enloquecer.

Un acercamiento lento hacia su rostro mostrará al menos dos cosas, en primer lugar la dureza de los años vividos en el anonimato, y en segundo lugar, la mirada de un hombre perdido en sus fantasmas y en sus infiernos interminables; por lo menos estas cosas son evidentes en un rostro de facciones expresivas, un rostro de rasgos semiafilados, una barba descuidada por los días ajenos, el cabello desaliñado y algo crecido, en fin, el rostro de alguien que desea terminar de una vez y para siempre con esto, sin por ello renunciar a la posibilidad de volver a intentarlo, de empezar de cero algo que tal vez nunca empezará. Tu visión, lector atento, lectora paciente es la de alguien que está cerca de él, pero al mismo tiempo tienes la posibilidad de ver por detrás de él y percatarte de que en la habitación no existe sino una lámpara encendida en una esquina, un montón de hojas regadas por el piso y grandes ventanales por donde se cuelan las infinitas luces de  la ciudad que vive y muere a sus espaldas. Esa es tu visión, no la nuestra.

Algunas veces ella se sobresaltó al darse cuenta de que estaba paralizada a mitad de la calle, de que no era capaz de mover un solo músculo y de que la causa de semejante desajuste era sin duda alguna, una sombra, un reflejo extraño que visto a través de una vitrina o bien de reojo había causado tanta conmoción como para detener su paso. En las últimas semanas había logrado percatarse de que cada vez era más frecuente su parálisis, y de pronto sucedió: comenzó a extrañar esta manera tan abrupta de cambiar la hoja del libro de su vida diaria. Su visión se afinó, sus sentidos empezaron a reactivarse y lo que durante mucho tiempo no fue más que un cuerpo autómata, empezó a sentir curiosidad, luego unas ganas desconocidas de saber qué o quién causaba eso.

Casi podría pensar que por casualidad esto le había ocurrido a ella como bien le podría haber pasado a otra mujer en esta ciudad infinita, sin embargo algo en sus reflexiones le dijo con certeza que nada es casual y que era ella la paralizada y no otra persona, que por fin podría salir de la cueva en la que el trabajo en el almacén la había condenado; comenzó a salir más, a fijarse en cada rincón de su visión para identificar, o por lo menos intentarlo, qué era lo que la ponía en sentido contrario a su aparente esencia vital de calma. En una ocasión logró ver con claridad, justo cuando ella estaba frente a un aparador, la sombra de un hombre, y al mismo tiempo esfumarse aquella presencia esperada.

El paso de los días había traído consigo algunas salidas a provincia, cafés demasiado suaves para alegrar las mañanas, cansancio por las tardes y hartazgo por las noches, una breve y certera ilusión en aquellos días en que la sombra pasó de un instante a un acompañante cada vez más claro y decidido a establecer contacto; sin palabras aún pero si con el cruce de las miradas se habían fijado los términos de un juego en donde las reglas se iban construyendo lentamente, donde un ligero roce en las manos los había hecho separarse abruptamente y dejar para otra ocasión el posible encuentro, la deseable explosión del pasado anónimo.

La historia que se cuenta en estas pocas páginas es, como el resto de las historias, una ramificación más de el inmenso e inmundo árbol de relaciones que los seres humanos, desesperadamente en algunos casos, buscamos establecer, construir, imponer; esta historia en particular tiene algunos detalles que no se pueden observar con claridad a primera vista, sin embargo lo que sus más mínimos detalles guardan es el andamio de una gran obra, para poder comprobar esto no hace falta una lupa o algún tipo de lente de aumento, todo lo contrario, es necesario alejarse suficiente para ver que nuestra historia es apenas un engrane en la maquinaria; no me refiero por supuesto en aquella ola repulsiva que es el tipo de relaciones que acostumbramos llamar comunes o normales, hablo en todo caso de una gran obra naciente, de un proyecto que en definitiva no ha visto su esplendor aún. La historia de estos anónimos por decisión consciente e inconsciente es tan sólo una pieza, no una más, una pieza medular tal vez.

Antes incluso de que tuvieran conciencia de un presente que ahora se nos antoja demasiado anticuado, incluso antes de que cada uno por su cuenta se convirtiera en la sombra de lo que fueron, en ese entonces se conocieron inesperadamente a través de una suerte de pistas, de pasos que siguieron para llegar al punto en que se miraron a los ojos y se reconocieron por primera vez; fue por aquellos días sin mucho contenido en que sus vidas coincidieron (tal vez sea sólo una manera de ocultar que no existe tal coincidencia y que lo que en realidad estaban buscando hasta entonces era justamente una persona así; desafortunadamente un temor injustificado había decidido anteponer el azar como verdad) y en que comenzaron los laberintos de la historia.

Fue como una avalancha que comenzó sin ser percibida y que en la que se vieron envueltos rápidamente. Él comenzó a buscarla para arreglar algunas cosas del trabajo en la redacción, escribir notas para la edición del día siguiente, corroborar la información para la sección cultural del domingo, tareas que implicaban exclusivamente la formación previa de cada uno, algo de su experiencia laboral en el periódico y tal vez un poco de habilidades editoriales, al fin de cuentas se trataba de periodistas en ciernes que no compartían sino tareas específicas en momentos concretos; uno se dedicaba la mayor parte del tiempo a tomar las fotografías para algunas secciones y ella concentraba su trabajo en la sección de noticias internacionales. Fue sin embargo evidente que su encuentro estaba previsto.

Con el paso de algunas semanas las palabras fueron y vinieron entre ellos, de pronto un café y una cena totalmente inesperada colmaron el muro de sus primeros recuerdos compartidos, cada uno confesó ser estudiante aún, haber prolongado la carrera por cuestiones que, según los argumentos, eran de trabajo; pareciera ser, pensaron los dos, que esta vez podía existir un vínculo fuerte que los mantendría unidos bajo el aguacero o bajo el fuego enemigo.

Pocos meses pasaron desde esta noche de pláticas y risas, de cigarrillos extintos en un lúgubre cenicero, y el periódico comenzó a tener una popularidad inesperada, lo que permitió tener corresponsales reales en países donde la noticia era un sacrificio diario, donde la guerra era un elemento más de la vida diaria y donde esa vida era tan miserable que la guerra era insignificante en comparación con la enfermedad y la tristeza; como era de suponer, mandaron a un fotógrafo y a una reportera eficaz pero con la necesidad de cobrar más experiencia. Los dos asumieron duramente la noticia y tragaron en seco. Tenían tan sólo una semana para partir al extranjero y permanecer en el frente de combate entre dos y cuatro meses cubriendo el fortalecimiento de una de las partes beligerantes, tomar fotos de la infraestructura de los campamentos, hacer entrevistas a combatientes y comandantes, hacer el registro fotográfico de la vida cotidiana en el frente de guerra, en fin, una tarea nada despreciable pero tampoco nada envidiable; prepararon sus lecturas y su libreta de contactos con otros medios y con embajadas y servicios diplomáticos, sus maletines operativos con identificaciones falsas y pasaportes con diversas identidades, los rollos, las cámaras, las baterías, las libretas y los bolígrafos, la grabadora y los cassettes, todo estaba listo para partir a la medianoche del último día de aquel año.

Una imagen panorámica del territorio en donde se libraba esta guerra de pronto invade nuestra visión; es un territorio montañoso como el resto de nuestras tierras continentales y está lleno de caminos y veredas desconocidas, visibles sólo si el lente de nuestra mirada se enfoca adecuadamente; sin embargo sí es posible percatarse de otra geografía, aquella que delata a la guerra y su velo de muerte: es posible desde nuestra posición ver los estallidos de las bombas, los aviones bombardeando a la población, es incluso fácil percibir el ruido de las balas al gastarse, los gritos y el sonido de la muerte. Acerquémonos más, no tenga miedo, la máscara del anonimato nos protege y nos vuelve invisibles, ahí, justo ahí vemos claramente a un par de periodistas que toman fotos y escriben apretadamente en una libreta, hacen su trabajo bajo el fuego del encarnecido combate, y sin previo aviso, claro, la muerte no avisa, una bomba cae justo en este lugar y lo despedaza como si la tierra fuera harina y la bomba nuestra mano. Caos, dolor y confusión, esas son las consecuencias inmediatas del estallido, dos cuerpos que respiran siquiera son arrastrados por milicianos y trasladados en la unidad médica a un puesto sanitario. Sigamos a este vehículo y alejémonos de esta tierra arrasada.

Estamos dentro del vehículo y podemos ver que los cuerpos se encuentran amontonados por el reducido espacio, mezclados entre muertos y posibles vivos, el infierno debe ser más bello en comparación con la escena que nos ha tocado ver sin intermediación alguna, el camino se alarga y al llegar finalmente al puesto sanitario, sólo bajan a la mitad de los seres humanos devastados, la otra parte continuará a otro puesto más alejado pero con mayor espacio; en efecto, nuestros jóvenes periodistas se separan en este punto del abismo, creyendo tal vez que están muertos o que por lo menos el otro ha perdido el aliento vital. La única certeza que quedará ahora a los dos es que permanecerán separados desde entonces.

Al regresar al país, él tomará aquella decisión de desaparecer, harto de todo y con la soledad a cuestas, el dolor y la intranquilidad nocturna, había decidido hacer una última búsqueda para saber algo, tener la seguridad de que no estaba equivocado: en la redacción del periódico le habían informado que el parte médico enviado desde la embajada era contundente, ella había muerto despedazada por la bomba y lo único que habían recuperado eran restos de su cuerpo y de algunas pertenencias; luego de localizar a su familia había comparado la información y había llegado a la misma respuesta, a nadie más conocía para buscarla, luego de recuperarse y de pasar meses en rehabilitación para volver a caminar, no había podido conseguir nada más, no había podido tampoco sacarse de su cabeza aquella imagen en que los dos son separados en el primer hospital de campaña y ella es cargada en medio de profundos gritos, con el vientre destrozado pero con posibilidades de sobrevivir y no como afirmaban los partes oficiales, despedazada por una bomba.

Cuando comenzó a dudar de sí mismo más de lo permitido desapareció por completo y nadie consiguió ubicarlo, estaba convencido de que los días en que ser sobreviviente de una guerra le habían permitido cierto margen para terminar sus estudios y para convertirse en un oficinista de esos que sólo tienen un par de zapatos y un traje que combinan con comida en la calle a las dos de la tarde, un protoburócrata que vivía además de la lástima hasta de su familia. Era indispensable salirse del escenario y participar en la obra tras bambalinas.

Los años por venir se irían en una vida secreta, anónima, pero no inútil. Comenzó por trabajar en una fábrica de químicos y aprender a fabricar explosivos, luego renunció y empezó a vincularse de alguna manera con quien podía ayudarle a planear ciertas acciones; las tardes eran un martirio, justo en el momento en que el día cambiaba a la noche sufría una angustia que le provocaba el llanto y le traía a la memoria la cena en que ellos habían reído y en que de pronto un roce de manos era la clave para suponer un piso común; nada más era tan doloroso como este instante del día, y por eso estaba dispuesto a morir.

La ciudad había conocido pocos años atrás una temporada de explosiones en edificios gubernamentales, en centrales eléctricas, en bases militares, en grandes puentes, pérdidas millonarias eran el saldo final, salvo en una ocasión en que las consecuencias fueron treinta soldados muertos. Nunca pensó que podría ser capaz de esto, mucho menos que su lucha sería solitaria al igual que su vida y que al final, luego de casi una década de hacer estallar la infraestructura de su propio país, optaría por asesinatos selectivos y luego por vagar sin rumbo fijo en la gran ciudad que lo había tragado. Uno de estos días la había visto justo cuando ella pretendía atravesar una calle y él descendía las escaleras de un puente, cuando logró llegar a la banqueta ella ya se encontraba del otro lado y la perdió de vista entre la multitud.

Ella había sobrevivido al estallido de la bomba pero se encontraba en muy mal estado, su cuerpo había sido herido de manera peligrosa y mientras era trasladada en la ambulancia de guerra, sólo gritaba de dolor y se retorcía por tener abierto el abdomen y por la confusión y por el miedo y por no saber quién mierda era; al ser ingresada en el pequeño hospital pasó directamente al cuarto que fungía como quirófano y fue operada de inmediato. Su caso era grave, hemorragia prolongada durante mucho tiempo, exposición de órganos y pocas condiciones para atenderla, sin embargo logró sobrevivir a la operación y parecía que se aferraba a la vida sin concesión. Permaneció casi un año entre hospitales rurales y algunos urbanos aunque clandestinos, siempre en recuperación, siempre con la angustia de no saber quién era, porqué se encontraba en este trajín sin fin y sin saber qué haría después, cuando su cuerpo decidiera estar mejor.

Cuando fue dada de alta, las milicias rebeldes la enviaron escoltada fuera del país rumbo al suyo, contó con las medidas de seguridad y sin embargo el viaje no fue sino un martirio hacia lo desconocido: ella había perdido la memoria por completo y tanto el gobierno de su país como la guerrilla que la enviaba de regreso convinieron en crear una nueva leyenda, una nueva vida que no comprometiera la cooperación entre ambas partes. Parecía que la incertidumbre la estuviera devorando pues en el viaje en avión lloraba al menor esfuerzo y preguntaba quién era ella, los agentes que la acompañaban habían determinado que ella no tenía familiares vivos pero que tenía un almacén que había heredado de sus padres, le afirmaron que esta era su vida inmediata y que tendría que reconstruir los vacíos para comprender que la había llevado a convalecer en varios hospitales durante tanto tiempo.

La supuesta reincorporación a la vida que se había truncado misteriosamente no fue sino una terrible capa de humo, un pesado sopor en el ritmo asfixiante de la gran ciudad; llegó a una casa demasiado impersonal para juzgarla suya, pequeña aunque bien iluminada, encontró un juego de llaves sobre la mesa y una nota que decía que estas eran las llaves del almacén y la dirección, así como un pequeño mapa de cómo llegar desde el minúsculo departamento. Poco a poco los rieles de los días y las horas la fueron arrastrando hacia una rutina en donde no había espacio para diversiones o para pensar siquiera, de pronto ella, al cuestionarse sobre el montón de cicatrices en su cuerpo, se daba cuenta que era un cuerpo sin pasión, que se trataba  de un fantasma encadenado a la inercia del trabajo y del salario, la pesadez de los empleados y los clientes. Así transcurrieron los años, sin mayores sobresaltos que algunas pesadillas en donde creía recordar algo de su vida anterior; fue por aquella época de hartazgo que todo comenzó.

En este punto del relato nos atrevemos a confrontarlo, estimado lector o lectora, nos proponemos exigirle que determine usted la continuación del relato hacia un posible fin, no porque la historia termine sino simplemente porque nos parece inconveniente entrometernos demasiado en la vida agitada de estas dos personas; así que proponemos imaginar (es decir ejercitar nuestra imaginación) lo que pasó justo en aquel momento en que, de manera totalmente incierta, sus manos volvieron a tocarse luego de una guerra y la pérdida de la memoria. Tal vez, y lo más común, es pensar que poco a poco fueron reconociéndose hasta reencontrarse, pero eso sería un ideal que no sucede muy a menudo en la vida cotidiana, ¿o sí? En fin, esto es lo que intentamos hacer: salirnos del texto para confrontar a la persona que lee y ver si es posible que sea ella la que, a partir de su experiencia, logre descubrir cuál fue la siguiente actuación de estos anónimos sin remedio.

¿Cómo llegó él a refugiarse en un cuarto dónde la única actividad era sentarse frente a la hoja en blanco y esperar a que este infierno acabara en la medida en que la escritura se apoderaba de él? Tal vez desconocemos que fue imposible continuar en este juego del perseguidor y el perseguido, tal vez no nos hemos percatado de que la única forma en que él podía continuar viviendo era lograr a cualquier costo que ella fuera un fantasma para atormentarlo y, tomadas las medidas necesarias y el aliento, haya decidido terminar con su vida. Cualquier posibilidad está presente en este juego de memoria y de amor, de soledad y de abandono, un juego que muestra sin tregua alguna los miedos y los secretos de los seres humanos cuando se pende de un hilo la parte que preferimos omitir de nuestra vida, siempre acostumbrados al ritmo de la ciudad, los vaivenes del trabajo, las calles inundadas… ¿hasta cuándo seguiremos negándolo?

Última escena: precisamente en aquellos días en que la complejidad de la vida no era sino buscarse en cada rincón, en callejones llenos de ruido y olor a combustible quemado, precisamente en ese momento es que los dos, de alguna extraña manera, toman la decisión de volverse a ver y enfrentar la verdad, ella sale del trabajo temprano, deja cuentas pendientes y a uno de los empleados como encargado por el resto del turno, camina lentamente y se acerca a la redacción de aquel periódico que los unió, lo hace de manera inconciente y sin presionarse, tal vez por que lo ve venir en dirección contraria sobre la misma banqueta, caminando como si no hubiera pasado el tiempo y estuvieran llegando a tiempo a una cita de trabajo, él con la cámara a cuestas, ella con las mil y un notas resumidas, la síntesis perfecta de las noticias del día, ahora los dos caminan lentamente, luego de tantos años y de una división de sangre que los separó inesperadamente, aunque no por ello casual; al llegar uno frente a otro, se miran y la adrenalina no tarda en crecer, los cuerpos lo sienten, se toman cautelosamente de la mano e inmediatamente se sueltan: tienen miedo…

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