Literatos y desobedientes… esos grandes maestros: En memoria de Ernesto Sábato

Por Freddy Cante.

Hay dos clases de maestros: los malos y los buenos. Otras clasificaciones acaso permitan examinar algunos detalles más bien simpáticos o accesorios.

Los malos maestros se ocupan de ofrecer diversos paquetes de conocimientos presuntamente útiles para la vida práctica, que sean apetecidos por los capitanes de las diversas industrias y que permitan formar mano de obra funcional y dócil para fomentar el crecimiento económico. Los malos formadores contribuyen a formar (o más bien a deformar) a los individuos que mañana serán los diseñadores o fieles vigilantes de arquitecturas institucionales para la confianza inversionista y la celebración de buenos negocios. Los mejores alumnos de tan malos maestros serán seguramente los intelectuales vasallos, bien calificados y a veces bien remunerados,  para diseñar, por ejemplo, proyectos de energía limpia (aunque esta sea nuclear); empresas muy productivas en el agro (aunque estas produzcan alimentos para máquinas y no para seres humanos); veloces autopistas y viaductos (aunque estas dejen unas pocas externalidades como, por ejemplo,  los más de 40 mil muertos que en Estados Unidos perecen al año en accidentes de transito); hábiles leguleyadas para despojar, desterrar y anular a los pobres, y en su lugar poner a los “más inteligentes, mejor dotados y más idóneos” que, por lo general,  resultan ser los ricos; novedosas leyes, como la ley 100, para privatizar la salud, la educación y otros servicios, pues se asume que los buenos negociantes son más eficientes.  Los más geniales, los futuros malos maestros,  vivirán en las nubes, perdidos en el opio de sus abstractos modelos, ganarán la fama con la resolución de problemas imaginarios y discusiones bizantinas e irrelevantes para resolver graves problemas del mundo en que vivimos… así otros estudiantes quemarán largas horas de entretenimiento con abstrusos modelos de teoría de juegos matemática, principios trascendentales de nuevas teorías de ficción de la justicia, subastadores ultra racionales, etc.

Los buenos maestros son tan especiales y originales que no se pueden encasillar en unos rasgos burdos y generales. Aquí me ocuparé de mencionar los aportes que un puñado de los que más han influido en mí que hacer, en mi proyecto de vida, y en mi oficio. Indudablemente soy demasiado indigno para incluirme en tan selecto grupo… sólo aspiro a llegar a ser un buen maestro.

El maestro H. D. Thoreau, pionero de la desobediencia civil noviolenta, con su teoría y su práctica, con la valentía de su acción individual, dejó planteado un interesante modelo de rebeldía en los ámbitos de la economía y la política. Su vivencia en los fríos bosques cercanos a Boston, es un ejemplo de autogestión económica, despliegue de ocio y libertad de los opresivos lazos de la mano visible (los impuestos) y de la seductora mano invisible (la promesa del lucro que busca la estúpida manada de consumidores y disciplinados trabajadores).

El genial maestro F. Dostoievski, se valió de un antihéroe (un ser fracasado y amargado, un oscuro y mediocre burócrata) para poner al desnudo el falaz y estúpido éxito de la gente exitosa del común que vive atrapada en vanas metas, las cuales se resumen a negocios, ascensos laborales y fugaces coitos. A partir de su planteamiento se puede argumentar que una de las pocas posiciones filosóficas sensatas es aquella de la rebelión (insumisión, rebeldía y resistencia) permanente. Los individuos del rebaño, pese a ser humanos no alcanzan a ser personas,  gozan de paz y felicidad, habitan un mundo de libertades cosméticas. Tales individuos (cual autómatas sin sentido) viven en la tranquilidad de una “historia” programada y banal, conquistan el éxito puesto que tienen algún mañana, unas metas y unas preferencias (las cuales se reducen a gustos y escogencias meramente  económicas). Los indomables rebeldes a veces son sucios, de malos modales, y borrachos (como el antihéroe mencionado), sin embargo cuestionan la vida y ponen al mundo en tela de juicio a cada momento. Años más tarde, notables economistas como A. Sen en su ensayo “los tontos racionales” y A. Hirschman en su libro Shifting Involvements: Private Interest and Public Action, muestran cuan pobre es la perspectiva de la teoría económica ortodoxa. Son las personas y no los individuos o las ratas racionales, aquellos que tienen capacidad de juicio crítico y se forman sus propios objetivos y sueños de largo plazo.

El gran maestro G. Orwell, en su ensayo Dentro de la ballena, mostró preocupación por los literatos tentados por crueles utopías de ingeniería social y totalitarismo. También se ocupó de criticar el descarado pacifismo, la demencial indiferencia frente al dolor y la destrucción, y la cuestionable aceptación de un imperfecto orden social por parte de literatos liberales o sospechosamente tolerantes como H. Miller. Muestra cómo es que dicho autor (y hombre de negocios y de viajes), escribe para una gran mayoría de los seres humanos, aquellos que se podrían definir como los individuos comunes y corrientes, de la horda que voluntaria o involuntariamente,  han optado por la desdichada opción de no ser libres. Lo cómodo del asunto es el facilismo, de quienes en nuestra época viven en la indiferencia: llevar una vida sin compromisos, sin cooperación, sin  tomar posiciones políticas y sin hacer juicios de valor, sin exigir consistencia, en fin, una existencia plena de indiferencia y desarraigo, sin angustia, sin responsabilidad y sin vergüenza.  El suyo es el pacifismo más extremo y aberrante, pues es asumir que la historia está dada, que no podemos cambiarla ni tan siquiera en los aspectos más marginales, y que apenas somos veletas de los acontecimientos que, por tanto, se suponen como naturales, normales e incuestionables.

En su singular ensayo el mito de Sísifo, el maestro A. Camus,   afirma que el único problema filosófico realmente serio es el suicidio: ¿vale la pena vivir?, ¿tiene algún sentido la vida? Los demás interrogantes provenientes de las ciencias abstractas (lógica y matemática), de las ciencias empíricas naturales (física, química, astronomía, geología, etc.), y diríamos de las disciplinas sociales (economía, sociología, ciencia política, derecho, etc.), son secundarios, y pese a que nos resulten divertidos o angustiantes, no dejan de ser accesorios. Camus sostiene que cuando no existe sentido alguno de la vida (y lo único viable es el suicidio), se vive en un mundo despojado de ilusiones y de esperanzas. La libertad estúpida es la de aquellos que viven cautivos en las metas mundanas y establecidas; la libertad absurda es la de quienes saben lo sinsentido y trágico de su condición (al igual que Sísifo, el llamado proletario de los dioses) y, sin embargo, tienen algunas esperanzas e ilusiones para encontrar metas más dignas de vivir.

El maestro E. Sábato, con su vida y su literatura, mostró los caminos dignos que le quedan a quienes osan ir en contravía de cosas serias y rentables como la ciencia y la cómoda libertad de los modernos que se retiran a cuidar su jardín. A pesar de ser una joven promesa de la ciencia y la tecnología, y de estar trabajando con los prestigiosos físicos Curie (laureados con el Nóbel), desertó de los abstractos trabajos en sus laboratorios para dejarse tentar por la embriaguez antifuncional de los surrealistas, y luego por un voto de pobreza voluntaria en un frío bosque de Argentina. En sus ensayos, en particular en Heterodoxia, y Hombres y engranajes,  mostró que dos de los grandes retrocesos de nuestra época son la abstracción (en particular el poder del dinero y de la razón) y la tecnolatría (la deificación de los diversos artefactos tecnológicos por parte de consumidores y trabajadores). Recordó que los tiempos modernos comenzaron con emergencia de una clase social práctica y descreída, profana y profanadora… con el tiempo los sueños de la razón y del dinero han generado monstruos como la depredación de la naturaleza y la desilusión con la vida.  Dio su voz y su respaldo intelectual a las víctimas para denunciar las violaciones a los derechos humanos por parte de los dictadores argentinos. Estuvo de acuerdo con su gran amigo Camus en que “Uno no puede ponerse del lado de quienes hacen la historia, sino al servicio de quienes la padecen”.

El maestro E. Sabato señaló que la aceptación de un modelo educativo implica la adopción de una determinada cultura y la fidelidad a cierta opción política. Los malos educadores, obedientes al precepto de incrementar el Producto Interno Bruto, reducen la educación al conocimiento de la técnica útil para los negocios, y renuncian a la sensibilidad del arte o a la sabiduría de quienes han sabido experimentar diversas opciones de vida.

En un momento de rebeldía, el profesor J. K. Arrow, en su clásico libro Social  Choice and Individual Values, dejó ver cuan ilusoria es la idea de pensar que puede existir una ciencia social neutra, libre de ideologías y de juicios de valor. Luego volvió a la normalidad: en aras de evitar cualquier juicio de valor, optó por mantenerse fiel a la ortodoxia económica y, en aras de la asepsia, trató de omitir toda tentación de sugerir comparaciones interpersonales, o preguntas sobre el contenido mismo de la utilidad.

Quizás temporalmente contagiado por los acontecimientos de Mayo del 68, el profesor L. Currie escribió irreverentes ensayos para mostrar la absurdidad de eso que llamamos crecimiento económico. A los pasajeros del avión del sistema productivo (como al economista Alejandro Gaviria y a sus  alumnos “cortos de visión” que, como buen liberal deja hacer y dejar pasar), el veterano académico Currie les estaría diciendo algo así como: “la noticia buena de los pilotos de la nave económica es que los diversos indicadores muestran una economía sana, que crece, que genera empleo, que nos ofrece millares de maravillosos artefactos; la mala noticia es que ellos mismos no saben hacia donde vamos, y no encuentran sentido alguno en esta demencial senda …”

Gracias a Currie y, en particular a unos de sus mejores estudiantes, pude conocer a T. Veblen y a J. Mishan. El profesor Veblen muestra la lógica de horda de la sociedad de mercado, el desenfreno de disciplinados consumidores imitando patrones de consumo ostensible y de emulación pecuniaria… la deificada clase ociosa compuesta por militares, sacerdotes, jugadores de negocios e intelectuales. El irreverente profesor J. Mishan muestra que muchas veces menos es mejor que más, e insiste en abandonar la terca obsesión por el crecimiento económico que cada vez trae más costos ambientales y humanos.

El entrañable profesor A. Hirschman, más rebelde e irreverente que L. Currie,  rompió con la institución prestigiosa que le había traído a Colombia: en lugar de acatar las órdenes de algún burócrata, prefirió escuchar a la gente antes que imponerle una política y un modelo de desarrollo construido desde la burbuja de cristal de la academia, y desde los prejuicios de investigadores foráneos. Por si esto fuese poco se salió del estrecho análisis económico con magnas obras como Exit, voice and loyalty.  Mostró fuerzas políticas (como la voz) que son esenciales en los mercados y en las firmas; también mostró cómo es que las personas se pueden involucrar en acciones colectivas a partir de cambios en sus ideologías y valores.

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